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Catalunya tras Italia

El pacto entre ERC y JxCat es, a corto, la única opción para los dos partidos y la detención de Puigdemont no pondrá en jaque la estabilidad del Govern de Aragonès

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El ’expresident’ Carles Puigdemont y el ’president’ de la Generalitat, Pere Aragonès, este 25 de septiembre de 2021 durante su paseo por L’Alguer, en Cerdeña.

El ’expresident’ Carles Puigdemont y el ’president’ de la Generalitat, Pere Aragonès, este 25 de septiembre de 2021 durante su paseo por L’Alguer, en Cerdeña. / EUROPA PRESS / LORENA SOPÊNA

La cohabitación JxCat-ERC en la Generalitat nunca ha sido cómoda. Las dos cúpulas quieren dirigir el independentismo, por eso sus relaciones son malas, pero deben soportarse. El culpable de la ruptura perdería la legitimidad. Así fue antes de la DUI del 2017, durante la presidencia de Torra y así sigue siendo tras la investidura de Pere Aragonès como 'president' que JxCat obstaculizó todo lo que pudo. Hasta que digirió que seguir poniendo palos en la rueda solo llevaría a una repetición electoral que no querían. ¿Y si el efecto Illa, el candidato más votado -por poco- no había muerto? 

Por eso hubo pacto. Pero JxCat está incómodo porque sufre cada día que Aragonès manda. Además, las diferencias políticas están muy claras. No se trata tanto de derechas e izquierdas -que en parte también-, sino de que ERC sabe que la vía unilateral ha fracasado, que no conviene repetirla (al menos a corto), y que por ello hay que dialogar con el Estado en la mesa de negociación, que es un reconocimiento tácito de que hay un conflicto político en Catalunya. Por el contrario, JxCat proclama cada día que renunciar a la unilateralidad se parece demasiado a la traición. 

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Por eso la crisis de hace pocos días cuando JxCat se negó a nombrar 'consellers' para la mesa de negociación y Pere Aragonès se plantó y no aceptó a Jordi Sánchez, Jordi Turull y Miriam Nogueras. Hubo ruido de sables, choque de 'estelades', pero al final no pasó nada. Pero mañana se abre en el Parlament el primer debate general de Pere Aragonès y la gran pregunta es si la detención en Italia de Carles Puigdemont puede alterarlo todo. 

Cualquier detención de Puigdemont tiene consecuencias porque prueba su habilidad -o su suerte- para hacer morder el polvo al Tribunal Supremo. Y el juez Llarena ha salido mal librado en Bélgica, Alemania e Italia. Quien ríe el último, ríe mejor, pero hasta hoy ríe Puigdemont, lo que le prestigia ante el separatismo que debe pensar: España nos venció en el 2017 y el Supremo condenó a nuestros dirigentes, pero Puigdemont está ganado las batallas jurídicas internacionales, vale Puigdemont.

Esta es la espuma que se ha repetido tras Italia, pero es cierto que las movilizaciones a su favor -quizás porque el clima es otro y ha estado detenido pocas horas- han sido mucho menos numerosas que cuando fue apresado en Alemania. 

Lo de Italia contará pues en el debate de política general -la espuma es muy llamativa-, pero las realidades acaban mandando. El Govern Aragonès existe, es la única posibilidad de que el independentismo desunido se mantenga unido en el Govern y, además, ninguno de los dos lo quiere derribar. ERC, porque gobernar sin JxCat sería reconocer ante Dios el pecado de la desunión. JxCat por lo mismo y porque ni Puigdemont ni Jordi Sànchez son tontos. 

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Puigdemont ha dicho en Italia que el unilateralismo es pacífico y tiene derecho a ejercerse si España no dialoga y “cuando estemos en condiciones de practicarlo”. Vale, ¿cuándo? Y Sànchez sabe que la próxima prueba de fuego serán las municipales del 2023 y prefiere afrontarlas desde el Govern que desde la mísera calle. JxCat debe salir vivo de las municipales. Y las últimas encuestas son buenas para ERC, mejor no menearlo.

Puede haber pues ruido entre JxCat y ERC en el debate de esta semana, pero Aragonès ha tenido mano izquierda y la sangre no correrá. El peligro para el Govern está más en las CUP -sin ellas no hay mayoría- que en Laura Borrás o Elsa Artadi. Y el momento no es ahora sino cuando se voten los presupuestos del 2022.