Ayuntamiento de Barcelona Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Todos contra Ada

Buena parte de la histeria contra alcaldesa viene de la parte más exaltada del independentismo, que trata de imponer, con ayuda de altavoces mediáticos, el relato de una presunta decadencia de Barcelona

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Todos contra Ada

Adivinen a quien quieren algunos cargarle el muerto de los botellones y de la preocupante violencia de este pasado fin de semana en Barcelona. Evidentemente, a Ada Colau. La misma que tiene la culpa de la suciedad en sus calles, del incivismo de los patinetes, o de los célebres bloques de hormigón. En esta última Mercè, la enésima campaña contra la alcadesa, sospechosamente coordinada en las redes sociales, tenía por objeto denunciar que el blindaje de la plaza de Sant Jaume era solamente para evitar que la silbaran: da igual que fuera en realidad una medida preventiva aconsejada por el Procicat y se demostrara que el pretendido blindaje antisilbidos fuera otra 'fake news'. Porque una buena parte de la histeria anti Colau viene curiosamente de la parte más exaltada del independentismo, que trata de imponer, con ayuda de altavoces mediáticos, el relato de una presunta decadencia de Barcelona, cuando en realidad lo que no le perdonan a Colau es que se haya mantenido alejada del ‘procés’ y evitara que Barcelona fuera otra herramienta en manos de los hiperventilados unilateralistas.

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Por supuesto, la atacan también los que no le perdonan que sea de izquierdas y apueste, como las grandes ciudades del mundo, por una nueva y necesaria movilidad, con más bicis, menos coches y un aire más respirable. Otros lobis que de repente tienen la estética como prioridad van repitiendo machaconamente que Barcelona está fea y montan en cólera con el pavimento coloreado de la calle Pelai, con la mala suerte de que a la postre ha terminado siendo un feliz antecedente de lo que Nueva York ha empezado a hacer justo ahora. A todos, por diferentes razones, se les empieza a ver el plumero: se trata de asaltar el Ayuntamiento, al precio que sea, y cada vez con mensajes más agresivos y sectarios. Una cosa es la legítima fiscalización del poder y otra amplificar con mala fe cualquier incidente para crear alarmismo con finalidades oscuras. En democracia, incluso en la Barcelona de Colau, los gobiernos no se derriban en Twitter sino en las urnas, y cada cuatro años.

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