BARRACA Y TANGANA

Los alguien

En la adolescencia, mi madre me decía que me vistiera con algo elegante porque salíamos a comer a un restaurante, o algo así, y yo aparecía --lógicamente- con la camiseta del Liverpool

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Reynir Sandgerði.

Reynir Sandgerði. / TWITTER

Hay gente que piensa que las cosas caen del cielo, pero no. Pudiste jugar un partidillo de fútbol después de la comunión de tu primo porque alguien tuvo la fantástica idea de llevar una pelota. Pudiste tirar unos penaltis en un descampado, al acabar aquella noche de fiesta, porque alguien esconde siempre con astucia un balón en el maletero del coche. Pudiste jugar un rondo en el párking de aquel estadio, justo antes de entrar a ver cómo perdía tu equipo, porque alguien anticipó que podrías necesitar una pelota en algún momento del viaje. Yo suelo ser ese alguien. En todo grupo de amigos que se precie existe ese alguien. Y nadie nos agradece esas cosas, pero no importa. Nos apoyamos entre nosotros los 'alguien'.

Mi hijo acudió al cumpleaños de una amiga la semana pasada. Cinco años están cumpliendo este curso. Antes de salir de casa preguntó si podía llevar una pelota. A veces la vida te regala esos momentos: es muy bonito ver que tu hijo crece por la senda adecuada.

Eso de ser un niño melón que va a todas partes con una pelota se disimula con el tiempo, pero es a la vez algo que llevas dentro de una manera inevitable y prolongada. Evoluciona: en la adolescencia, mi madre me decía que me vistiera con algo elegante porque salíamos a comer a un restaurante, o algo así, y yo aparecía --lógicamente- con la camiseta del Liverpool.

O me vas a decir que no era elegante la camiseta del Liverpool.

En Islandia

Con la vida adulta surge el matiz. Leí sobre la necesidad de buscar nuevos retos, de mejorar sin tregua para no estancarse. Leí sobre los beneficios de la formación continua, leí ejemplos de éxito al estudiar otro máster, leí sobre la ambición que debemos tener cuando te va más o menos bien para no estancarte. Leí todo eso y lo asimilé lento. Luego estuve dándole vueltas en la cama, analizando todos los escenarios posibles, rumiándolo durante toda la noche. Lo medité a solas, lo consulté con amigos de confianza y calibré todas las variables. Tras pensarlo mucho, el día siguiente tenía listo mi nuevo desafío. Es sin duda un objetivo enorme, a la altura de estos tiempos: coger al peor equipo de la peor liga europea disponible en el Football Manager 2008 y hacerlo campeón de la Champions. Ahora me llamo Hinrik Ballesteronsson y dirijo al Reynir Sandgerði de Islandia, cuando nadie me ve, de madrugada y en silencio. 

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De momento ya hemos subido a Primera y todo marcha según los planes. Mientras juego, imagino mi vida allí, en el suroeste de la isla, con Delia y los niños en un pueblo de 1.700 habitantes. Busco en Google el campito de fútbol y el escudo municipal, que es una morsa o una foca o un león marino, un animalucho simpático aunque salvaje, y me encanta, y me siento un 'sandgerdinés' de corazón ya para siempre. Fantaseo con visitar pronto el club en un viaje. Encuentro billetes de avión y una cabaña para el hospedaje, compruebo los precios y las fechas, pero cancelo en el último paso, antes de comprometerme. Las cosas se hacen bien o no se hacen, pero tampoco hay que pasarse.

Evoluciona, simplemente. Lo del fútbol y lo nuestro. La pelota, la camiseta o el Football Manager. Es lo mismo. La diversión, imaginar, la evasión, ser 'alguien', todo eso. Cómo no nos va a gustar el fútbol. Una respuesta simple a tantas complejidades. Un bono infantil que no caduca. Una manera de salvarse como cualquier otra.