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Lacista: pon una urna en tu vida

Con una urna propia, uno puede votar cada día la independencia de Catalunya sin salir de casa, con la absoluta seguridad de que su votación tiene la misma utilidad que la del 1-O

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Urna del referéndum del 1 de octubre.

Urna del referéndum del 1 de octubre.

Hace unos días tropecé en Barcelona con la Botiga de la Llibertat, donde para mi sorpresa no tramitan divorcios, sino que venden ‘gadgets’ lacistas, desde tazas a pins, pasando por una camiseta que pone “català rebel”, ideal para lucir en verano, tomando gintónics en una terraza de Cadaqués. El producto estrella son las urnas, como las del 1-O y a tamaño natural, a 40 euros la unidad. Puede parecer mucho por un cubo de plástico fabricado en China, pero la republiqueta no es más que un gran negocio -pregunten, si no, a la ANC-, y además una parte debe destinarse a una de tantas cajas de resistencia, que en Waterloo la vida está por las nubes y no es cosa de pasar penurias como los exiliados de antaño. La urna lleva el escudo oficial de la Generalitat, lo cual no debe extrañar, tan bajo han caído las instituciones catalanas que ya no es escudo sino logotipo, y no hemos de tardar en verlo a la puerta de clubes de carretera.

Los buenos negocios surgen de adivinar las necesidades de los consumidores, y el de las urnas es para forrarse. Una urna en casa es la aspiración de todo lacista. Con una urna propia, uno puede votar cada día la independencia de Catalunya sin salir de casa, qué digo cada día, incluso dos veces al día, una mientras se lava los dientes al levantarse y otra mientras prepara la cena. Todo ello, con la absoluta seguridad de que no se trata de un simulacro, sino que su votación tiene la misma utilidad y seriedad -y tendrá similar reconocimiento internacional- que la del 1-O. Imagínese en casa, repartiéndoles a la señora, los niños y el gato papeletas que dicen “Vol que Catalunya sigui un estat independent en forma de republiqueta?”. Y la emoción del recuento. Y el salir al balcón -si no dispone de él, vale con la ventana de la cocina- a proclamar la independencia, con la familia detrás, jaleando. Y después, hala, a dormir, que mañana toca levantarse temprano para ir a trabajar. La familia que proclama la independencia unida, permanece unida. Al día siguiente pueden inventarse un ‘BOE’ oficial de la republiqueta, como el de Waterloo, donde legislar lo que les salga de las narices sin que tenga efecto alguno, también como el de Waterloo. Siempre, con la garantía de que lo que hace en casa tendrá el mismo valor que lo que hicieron sus líderes hace cuatro años. Todo, por 40 euros de nada. Una ganga.

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Por no mencionar lo bien que se lo van a pasar cuando tenga invitados a cenar. Cuando a los postres saque la urna para jugar a republiquetas, sus amigos se van a deshacer en elogios hacia usted, con gritos de “in-inde-independència” más fuertes a medida que vayan cayendo gintónics. Antes, las sobremesas se sobrellevaban jugando al Monopoly, con dinero de mentira, ahora se puede jugar a referéndums con urnas de verdad. Incluso cabe unificar ambos juegos de mesa, con tarjetas de “Vaya a la cárcel”, más otras que digan “El Gobierno le ha concedido el indulto, salga de la cárcel pasando por la casilla de salida y cobrando 20.000 euros de la caja de resistencia”. Por cada cuatro embajadas catalanas en una misma casilla, podrá levantar una Casa de la Republiqueta, con su pianista y todo. En Waterloo no juegan a otra cosa.

Si con el tiempo pasa de moda jugar a las republiquetas -nada raro, también ha pasado de moda entre la clase política-, la urna servirá para guardar la ropa sucia. Siempre que no sea usted Junqueras, que en ese caso le va a servir para llevarse al trabajo el almuerzo. O una parte del mismo.