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Un interés inoportuno

En su llamamiento al turismo de volcán, la ministra Reyes Maroto patinó y se olvidó de las víctimas, aunque luego matizó

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Erupción del volcán de La Palma.

Erupción del volcán de La Palma. / DPA / ARTURO JIMÉNEZ

El día que en televisión Francisco Umbral le soltó a Mercedes Milá que él había ido al programa a hablar de su libro, seguramente no fue consciente de que la frase entraría en el anecdotario de la historia popular. Han pasado 28 años y desde entonces el chascarrillo se adapta a cualquier reivindicación desatendida, aunque la cita a su autor ya no se prodigue y la memoria del escritor se vaya difuminando entre la niebla del tiempo. A su vez, el aforismo se ha convertido en el escudo defensivo de quien desde la perspectiva de su negociado no atiende a más razón que la que le ocupa, y ni siquiera se percata de la posible inoportunidad de su defensa en momentos críticos.

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Algo de esto le sucedió esta semana a María Reyes Maroto Illera (Medina del Campo, Valladolid, 19 de diciembre de 1973) cuando desde los intereses de su cartera creyó tener delante el beneficio del volcán Cumbre Vieja más que la desgracia de los damnificados. Es lo que tiene este fenómeno de la naturaleza. Que la indiscutible belleza hipnótica de la erupción puede hacer olvidar la constatable tragedia tangible de sus víctimas.

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Dijo la ministra de Industria, Comercio y Turismo: “Desde Turespaña y desde las embajadas vamos a dar toda la información para que la isla se convierta en un reclamo para los turistas que quieran ver este espectáculo tan maravilloso de la naturaleza con prudencia, porque ahora mismo lo que nos preocupa es la seguridad de ciudadanos y turistas". Lo ilustró con el provecho que Islandia, por ejemplo, está sacando del llamado turismo volcánico, y que podía ser a partir de ahora un buen reclamo para La Palma. Recordó entonces que la isla no padecía restricciones, abogó por la seguridad de los visitantes que podían tener que ser desalojados y a los que se reubicaría, pero solo quedó la brevedad del interés por el ”espectáculo maravilloso”. Algo, por otra parte, lógico en una profesora de economía que prefiere ver el vaso medio lleno y una oportunidad allí donde los demás perciben crisis. Solo que se olvidó de los ya desalojados y de quienes disponían de menos de una hora para recoger las pertenencias que pudieran ante el avance inevitable de la lava amenazante. Recuerdos preferiblemente, les aconsejaban los psicólogos que les acompañaban. Es lo único que el mercado no puede restituir. A algunos de estos perjudicados, además, no les quedará ni el consuelo de poder visitar las ruinas cuando las cenizas se enfríen. Una espesa capa de rocas negras no dejará constancia de ninguna existencia anterior. Duelo sin cadáver.

La ministra tuvo que matizarse. Se acordó entonces del dolor de muchas familias a las que dedicó las muestras de apoyo antes orilladas. Pero no rectificó, porque en política esto equivale erróneamente a debilidad, aunque en economía suele traducirse en valoración complementaria o alternativa. Seguramente esto es lo que distancia a la ministra Maroto de Ángel Gabilondo, su mentor político. Él la introdujo en la Asamblea de Madrid, pero este error no lo hubiera cometido un filósofo.