Crisis blaugrana Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El tedio y la indiferencia

La indiferencia ha pasado a ser un arma para hacer frente a la catástrofe, que tampoco lo es. Es la mediocridad, mucho peor

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Piqué y Eric García defiende el balón ante la presión de Musiala

Piqué y Eric García defiende el balón ante la presión de Musiala / JORDI COTRINA

Hace poco más de un mes, en medio de la tormenta del desamor, escribí que en el adiós de Messi había experimentado lo mismo que vive un personaje de Proust -Lepré- que se caracteriza por una carencia absoluta: no tiene pasiones. Es un indiferente que pasea su indiferencia colosal por todos aquellos rincones (y personas) que le deberían provocar al menos la "diferencia", es decir, la capacidad de apreciar la posibilidad del nacimiento de una pasión. No siente nada. Y tampoco se inmuta.

No podía imaginar, entonces, aún no hace dos meses, que esa especie de paz espiritual -casi un estado de placidez budista- se agrandaría de tal manera que pasaría a formar parte del escenario del primer partido de Champions. Les pongo en antecedentes. Un partido de este tipo es un ritual y el fútbol es una religión de rituales. Es el inicio de una posibilidad, el origen de una promesa. No nos jugamos nada (todavía), pero sabemos que ya nos empezamos a jugar algo. Suelo ver la Champions (y tantos otros partidos, casi todos) con mi amigo Josep Domènech, que es un retrato fiel del aficionado tipo, casi del fanático. Sufre, fuma, bebe a sorbos un vaso de vino, fuma más, se desgañita, dibuja tácticas, continúa fumando, araña cuatro patatas fritas de un tazón, vive inquieto en el sofá, brama. Está vivo. Este martes no se inmutó. Impávido, sin un grito, sin un gesto. Esperando el destino fatal.

Con resignación. Ni siquiera criticó nada: futbolistas, jugadas, árbitros. Nada. Indiferencia. Como los filósofos fatalistas que sabían que "todo" estaba escrito "arriba". Lo dicen los personajes de Kundera en 'Jacques y su amo', que caminan por Francia, de la mano de Diderot, mientras son conscientes –sobre todo el amo- que no hay nada que hacer, porque todo está previsto por "alguien", una "divinidad o fuerza desconocida que fija de antemano el encadenamiento de los acontecimientos", como dice el diccionario. Un destino ineludible.

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Como no hay nada que hacer, no nos preocupemos. Esta es la lección más desoladora del momento que vivimos. La indiferencia ha pasado a ser un arma para hacer frente a la catástrofe, que tampoco lo es. Es la mediocridad, mucho peor. Vuelvo al diccionario: "Mediocre: de calidad media". No me sé imaginar un presente más triste.

¿Hay futuro? Seguro. Hay jóvenes estrellas (lesionadas o imberbes anhelos) y todavía queda un mínimo de dignidad para tratar de ser cuartos en la Liga y para tratar de clasificarnos terceros en la Champions y poder llegar a semifinales de la Europa League. Esto, seguro. Pero, hoy por hoy, somos una de aquellas familias de Tolstoi. Las felices se parecen, pero las que son infelices, lo son cada una a su manera. La manera de ser infeliz de la familia azulgrana es administrar con indiferencia el desbarajuste fenomenal en que vivimos. Abandonamos cualquier esperanza, nos miramos los partidos de la Champions como quien dormita en un tedio oceánico. Sin adversidades ni tormentas. Sin viento que hinche las velas. Sin amor ni odio. Nada. Tedio.

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