Despedida de la canciller Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Adiós a Merkel

La líder alemana ha sido un baluarte de predictibilidad en un mundo donde proliferan políticos populistas y erráticos

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Angela Merkel en una comparecencia.

Angela Merkel en una comparecencia. / EFE

Dentro de una semana los alemanes participarán en una elección que pondrá fin a 16 años de Angela Merkel al frente de su país y, en realidad, también de Europa. Son unas elecciones aburridas y con candidatos muy grises, que es lo que les gusta a los alemanes porque, como dijo en cierta ocasión el canciller Schröder, el que quiera fantasías que vaya al circo. O algo muy parecido.

De estilo austero, visible incluso en el vestuario, a Angela Merkel se la ha acusado de indecisa, de dar la impresión de liderar a pesar suyo, y de aceptar a regañadientes el papel director de Alemania no solo en el seno de la Unión Europea sino también en la relación con Washington tras reemplazar al Reino Unido, pues no en vano es el país más poblado del continente y la tercera economía mundial. Los alemanes aman su estilo discreto y la eficacia de una gestión que les ha dado estabilidad y llevado el paro del 11% al 6%, dieciséis años más tarde. Ha sido también un baluarte de predictibilidad en un mundo donde proliferan líderes populistas y erráticos como Donald Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro, entre muchos otros. 

Merkel ha gestionado con mano firme las tres crisis que ha tenido que afrontar durante su largo mandato: en la de 2008 impuso drásticas medidas de austeridad a los países del sur de Europa, aunque al final acabó ayudando a Grecia, porque sabía que así beneficiaba también a su propio sector bancario; la crisis del Covid, en la que ha impulsado un formidable paquete de ayuda financiado con bonos emitidos por la Comisión Europea, en lo que algunos han querido ver un paso muy importante hacia una política fiscal común, a pesar de las advertencias de la propia Merkel sobre la excepcionalidad del gesto, quizás para ayudar a digerirlo en su propio país; y la crisis de los refugiados sirios, en la que dio ejemplo de defensa de nuestros valores frente al egoísmo de otros países, que levantaron muros y alambradas ante gente que todo lo había perdido y que hoy siguen impidiendo adoptar una postura común ante el problema. 

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Merkel también ha recibido críticas. Como comprometerse a la neutralidad de emisiones de CO2 en 2045, al mismo tiempo que abandonaba la energía nuclear y sigue quemando mucho carbón. O como poner los negocios por encima de los valores, como hace al proteger a Viktor Orbán, porque necesita la mano de obra abundante y barata que Hungría le proporciona. Merkel ha criticado a Putin por el trato que da al opositor Navalny o por la anexión de Crimea, pero no ha dudado luego en construir el gasoducto Nord Stream 2, que hace a su país más dependiente de Rusia. Y mientras critica a China por pisotear las libertades de Hong Kong y meter en campos de reeducación a un par de millones de uigures, no ha dudado en empujar a la Unión Europea a un Tratado de Inversiones con Beijing durante su presidencia rotatoria de la UE, aunque luego ese tratado haya sido puesto en el congelador por el Parlamento Europeo (con gran alegría de Washington), precisamente por problemas de derechos humanos. 

Según 'Die Welt' esta es la elección más aburrida en décadas, porque la disputan candidatos sin ningún 'glamour', cosa que parece gustar en un país al que le fue realmente mal con el último líder carismático que tuvo. El aburrimiento es así una baza favorable junto al Rin. El socialdemócrata Olaf Scholz (actual ministro de Finanzas) se presenta como continuador de Merkel hasta en los gestos y va por delante en las encuestas (25%), a pesar de que tampoco suscita ningún entusiasmo y que se enfrenta a un escándalo financiero de última hora, que podría implicarle indirectamente. Le sigue el cristiano-demócrata (el partido de Merkel) Armin Laschet, un hombre gris como pocos (20%), y pierden fuelle los Verdes de Annalena Baerbock (17%), que son los únicos que supondrían un cambio político importante. El resultado puede variar porque el porcentaje de indecisos es aún muy alto pero, en todo caso, el vencedor será un líder sin carisma, como quieren los alemanes, y necesitará una coalición de dos o tres partidos para poder gobernar como el hombre (o mujer) más poderoso de Europa.