Vida cotidiana Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Una hora de ilusión

Mientras me tomo el café con leche, con ese sabor que solo puede tener tan temprano, pienso que esta calma vale un imperio

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Una visitante en el Museu Picasso.

Una visitante en el Museu Picasso. / Ferran Nadeu (EPC)

Son las ocho de la mañana y estoy sentado en una terraza de la plaza Jaume Sabartés, detrás del Museu Picasso. Es la única del barrio que ya tiene abierto y, como por la noche han caído cuatro gotas y no hace bochorno, se está muy bien. Mientras me tomo el café con leche, con ese sabor que solo puede tener tan temprano, pienso que esta calma vale un imperio. Es la ilusión de empezar bien el día. No hay nadie más en la plaza. Al cabo de cinco minutos aparece un señor mayor, un abuelo, que se detiene, abre una bolsa de plástico y empieza a tirar migas de pan como si estuviera sembrando. En un momento el asfalto se llena de palomas nerviosas. El hombre se va y las palomas se quedan allí, picoteando. Las observo y cuento 42. Con ese chiste del palomo Amadeu, Eugenio nos hizo creer que eran unos pájaros inteligentes, pero ahora pienso que son bastante bobos: si no tienen el pedazo de pan exactamente enfrente, no lo ven.

Por la calle Flassaders, en el otro extremo, llega un chico con un perrito faldero. Le quita la correa y el perro corre como un loco hacia las palomas, que huyen asustadas. Las más atrevidas vuelven y el perro las persigue de nuevo. Eso dura cinco minutos, hasta que el dueño deja de mirar el móvil, recoge la caca del perro con una bolsa y se van por donde han venido. Casi en el mismo instante, entra en escena una furgoneta de reparto. El conductor va medio dormido, o le da igual todo, porque no frena cuando ve la bandada de palomas. Les pasa por encima y sigue como si nada. Hay una que no ha sobrevivido. Por suerte ya me había terminado mi croissant, pero intento no mirar en esa dirección cuando sorbo el café con leche.

Ahora el campanario de Santa Maria del Mar toca las ocho y media y la cosa se anima. Hay más gente que ha sacado el perro a pasear y empiezan a verse padres que acompañan a sus hijos a la escuela, muchos en bicicleta. Un repartidor de Glovo cruza la plaza con moto y yo me pregunto quién puede ser tan perezoso que se haga llevar el desayuno a casa. Un chico con bermudas y adormilado arrastra una maleta y tiene pinta de turista. ¿Llega o se va? Veo que lleva una bolsa de basura en la otra mano, busca un contenedor y, como no lo encuentra, la tira en una papelera. Se va, pues.

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En una pared hay unas pintadas de Arran, del Onze de Setembre, que dicen en catalán: “Independencia [sin acento], Socialisme, Feminisme”. Un vecino que ha salido a fumar las lee y me dice, como si nos conociéramos: “Cada año igual: nos llenan el barrio de pintadas, pero nosotros ya nos sabemos todo eso. Que las hagan en el Putxet, o en Sarrià, o en Pedralbes...”. Vuelve a pasar el abuelo de antes, con una barra de pan bajo el brazo. Van llegando los trabajadores del museo. Un chico monta las mesas de otra terraza y arrastra las sillas. Ahora la plaza empieza a ser un hervidero, y yo pienso que tras aquellas paredes están todos los cuadros de Picasso, en silencio, sin que nadie los mire todavía. Tengo 23 horas, hasta mañana por la mañana, para recuperar la ilusión de empezar bien el día.