Adicción a las pantallas

Adolescentes cabreados

Se habla mucho de la gente joven sin comprender nada y con ánimo, parece, de demonizarlos

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Un adolescente juega a Fortnite en el cuarto de su casa.

Un adolescente juega a Fortnite en el cuarto de su casa. / David Castro

Creo que fui una adolescente adicta. Me pasaba el día leyendo y escribiendo. Escondía novelas entre mis libros de texto, escribía cuentos en clase de matemáticas (y en todas las demás). No prestaba atención a nada de lo que ocurría en el mundo real. Faltaba a clase por terminar una novela o por visitar la biblioteca en busca del último descubrimiento. Leí cantidades ingentes de novelas, de día y de noche (a veces sin dormir). No me interesaba el deporte, me costaba la vida social y, en general, todo lo que no fuera literatura.

Digo todo esto a raíz de ciertas informaciones que esta semana han provocado un cabreo monumental en la sección adolescente de mi casa (la más numerosa). Los expertos alertan de la adicción a los videojuegos —y a uno en particular, llamado Fortnite. Según mis hijos, a quienes tengo por gente sensata, aunque joven —les aseguro que una cosa no está reñida con la otra—, la información era sesgada, tendenciosa y poco rigurosa con los detalles. Hay videojuegos mucho más perniciosos que el analizado. La mayoría de sus usuarios no son adictos. Se habla mucho de la gente joven sin comprender nada y con ánimo, parece, de demonizarlos. En resumen, mis hijos (e imagino que muchos como ellos) están hasta la punta del tupé de esa clase de expertos que solo hablan para decir que los adolescentes lo hacen todo mal.

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No sé si mis adolescentes son representativos del sentir general. Hablo por ellos porque no hay columnistas adolescentes, tertulianos adolescentes ni representantes parlamentarios que lleven sus quejas ante quien quiera atenderlas. Tampoco estoy muy segura de que alguien quiera atenderlas. Es decir, comprenderles sin juzgarles. Con lo fácil que es cargarles con la culpa de todo.

Por último, un apunte incómodo. Incluso mis hijos adolescentes se formularon una pregunta obvia, al hilo de las escabrosas informaciones sobre adicciones a las pantallas: ¿Dónde están los adultos que deberían velar por esos menores enganchados al 'joystick'? Quién sabe. Tal vez estén también delante de una pantalla. 

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