Fidelidad a unas marcas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Lealtades, traiciones y pantalones vaqueros

¿Cuánto de nosotros está en los objetos? ¿Qué dice la ropa de las personas que somos, o que fingimos o pretendemos ser?

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Una publicidad de pantalones vaqueros.

Una publicidad de pantalones vaqueros. / El Periódico

A partir de una cierta edad, ¿cuántas lealtades se conservan y cuántas traiciones han sido cometidas? Podría referirme a las personas, a las heridas abiertas, a las cerradas de forma abrupta y a las purulentas, a las cicatrizadas con finura y a las suturadas de mala manera, aunque este será un artículo ligero porque aludirá a lo físico, a los objetos, que también tienen consistencia sentimental. Para algunas personas, la pérdida de lo inanimado es tan dolorosa como la de un ser que permite abrazos.

Lo pensé un sábado en la piscina: el bañador y las gafas eran 'Speedo', la misma compañía a la que he mantenido fidelidad intermitente desde la infancia. En nuestra niñez a pedradas, atolondrada y con recurrentes vacunas antitetánicas, las marcas eran importantes porque permitían distinguir a los que vestían de mercadillo y a los que se iniciaban en las 'boutiques'.

Aparecieron unos tejanos negros llamados 'Caroche', deseo de muchas compañeras de estudios porque ajustaban y realzaban, liberada al fin la sociedad de la ropa fea y disimuladoras de cuerpos de un franquismo recién muerto y mal enterrado.

Las 'protopijas' enseñaban sus Caroches como si fuera un carnet para entrar en el club de los pudientes y desmarcarse de la purria sin distintivos, nosotros, vergonzosos bebedores de cerveza para ahogar la timidez y el desdén, aunque la mayoría eran hijas de obreros y agricultores, trabajadores a los que les costaba pagar esos tejanos que nunca fueron un pasaje a ningún sitio. Algunos padres permiten los caprichos de los hijos –los 'iPhones' de mil euros y esas bambas de 200– para disimular carencias y blanquear desengaños.

Los 'Levi’s' etiqueta roja, que se imponían a los de etiqueta naranja o blanca, que eran al 'denim' lo que el descafeinado al café, también se deseaban, solo disponibles en un par de comercios donde te hacían sentir un paria. Mi primer par de 'Levi’s' los compré en Nueva York en 1981, ciudad fiera en la que el Bronx ardía y el crack quemaba y a donde había ido en un viaje de intercambio: costaban en dólares menos de la mitad del precio en pesetas, aunque si se contabiliza el coste de la operación trasatlántica también podía ser considerada la prenda más cara del mundo.

Algunos padres permiten los caprichos de los hijos –los 'iPhones' de mil euros y esas bambas de 200– para disimular carencias y blanquear desengaños

Desde ese septiembre de hace 40 años he sido leal a esa casa, combinada con otras, y siempre que he viajado a EE UU he regresado con alguno doblado en la maleta. He vivido los aciertos y los desastres, los de pernera amplia y talle alto, y qué mal quedaban, y los estrechos y elásticos y, de forma repetida y fiable, la práctica racionalidad de los 514.

En agosto de 2019, antes de que la pandemia nos tapara la boca, adquirí los últimos a precio de ganga en Nueva York, en una tienda pegada a ese monumento al revés –el pozo sin fondo de paredes negras– que recuerda a los asesinados del 11-S.

Repaso otros compromisos textiles o de zapatos o zapatillas o de relojes o de americanas o de ropa interior y han ido cambiando a lo largo de la vida y solo los 'Levi’s' y los 'Speedo' caminan hacia atrás, hacia la juventud. De hecho, acabo de renovar el vestuario de la natación, que a diferencia del de esquí resulta ser un equipamiento mínimo, y he repetido, si bien ya no como eslip sino como pantaloncito.

¿Son ridículos esos contratos a los que nadie obliga? ¿Hay que agarrarse a lo conocido porque nos devuelven a quienes fuimos y con las esperanzas intactas?

Tengo claro que los tejanos representaban lo que no podía pagar y que el bañador era un signo de distinción, junto con los Turbo, a un precio posible por la escasa cantidad de tela. Alguien dirá que este es un artículo de 'boomer', y no lo negaré.

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¿Cuánto de nosotros está en los objetos? ¿Qué dice la ropa de las personas que somos, o que fingimos o pretendemos ser? ¿Qué significa que sigamos apreciando algunas marcas que nos han acompañado toda la vida? ¿Tiene algún sentido esa lealtad o el comercio se basa en la traición?

Puede que solo sea una forma banal e indolora de volver a Nueva York con 15 años recién cumplidos o a la piscina municipal con palmeras y césped y 'La tierra de las mil danzas' en la megafonía y las pieles elásticas y morenas y con olor a coco, y la promesa, aún posible, del trópico, y de la fiesta sin fin. 

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