Acoso escolar Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Lecciones de un cobarde

Ahora que comienza un nuevo curso me atrevo a sugerir a chicos y chicas que descarten el silencio como respuesta ante el abuso o el maltrato

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Inicio del curso escolar en un colegio de Madrid

Inicio del curso escolar en un colegio de Madrid / David Castro

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Uno era hijo de una limpiadora del cole. El otro, bastante amanerado, provenía de una familia muy religiosa. Los dos llevaban gafas. Y ambos se convirtieron desde los primeros días de clase en una especie de víctimas propiciatorias. Nunca he sabido a qué dioses se dirigía la ofrenda de su sacrificio, pero sí sé lo que ocurrió. Porque han pasado un montón de años y algunas cosas las recuerdo perfectamente: burlas, pellizcos, insultos, golpetazos en la cabeza, alguna patada, algún escupitajo… No faltaba de nada. Tampoco es que el acoso se produjera a todas horas, aunque sí era sistemático; formaba parte de la decoración. O sea, que estar aquel curso de bachillerato en la piel de las víctimas tuvo que ser un auténtico calvario. Damos por hecho que la adolescencia se convierte a menudo en un territorio sin ley donde mandan los más brutos; pero si pueden hacerlo es gracias a la complicidad de quienes se suben al carro, por convencimiento o por comodidad; y también gracias al silencio de otros muchos. Nada muy distinto al mundo de los adultos. Yo milité en ese grupo de los silenciosos, incluso una vez utilicé el diccionario de griego como arma arrojadiza por miedo a engrosar la lista de los señalados; y nunca lo lamentaré bastante. Es verdad que de los errores también se puede aprender y cuando después me he topado con situaciones que olían a abuso o injusticia me he esforzado por no callar. Y aunque soy consciente de que nada de eso borra mi suspenso en aquel primer gran examen de vida, y tampoco es que me haya convertido en ningún héroe -eso no se le puede pedir a nadie-, al menos sí he conseguido mirarme al espejo con algo menos de inquina. Conservar la dignidad, algo que mis padres me transmitieron con su propio ejemplo, se ha convertido desde entonces en algo innegociable. Por eso ahora que comienza un nuevo curso me atrevo a sugerir a chicos y chicas que descarten el silencio como respuesta ante el abuso o el maltrato. Aunque solo sea por ellos mismos, porque cargar luego con esa mochila de vergüenza les aseguro que cansa un montón.

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