Los hechos del 6 y 7 de septiembre de 2017 Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La desconexión del sentido común

Quienes en el seno del independentismo apostábamos por soluciones pragmáticas no supimos plantarnos

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El ’exvicepresident’ Oriol Junqueras y el ’expresident’ Carles Puigdemont, en el hemiciclo del Parlament, en una foto de archivo del 2017.

El ’exvicepresident’ Oriol Junqueras y el ’expresident’ Carles Puigdemont, en el hemiciclo del Parlament, en una foto de archivo del 2017. / Quique García (EFE)

Cuando recibo el encargo de reflexionar sobre los hechos del 6 y 7 de septiembre de 2017, mi actividad profesional me coge en Santander, en una mañana lluviosa y húmeda de principios de septiembre. Acepto, pero a regañadientes, porque, con franqueza, no tengo un buen recuerdo de aquellos días y no me supone ninguna alegría ni satisfacción recordarlos.

Me pongo escribir en una cafetería acogedora con vistas a la Playa del Sardinero, entre gente que ve las horas pasar, turistas de los primeros días de septiembre y algunas banderas (españolas, está claro) colgadas en los balcones. No puedo dejar de preguntarme si antes del otoño de 2017 estas banderas lucían o no en los balcones. Intuyo que no y que son, muy probablemente, una respuesta emocional a los hechos del otoño del 2017.

Viví en primera persona, coma diputada del grupo parlamentario de Junts pel Sí, lo que se ha llamado "plenos de la desconexión". Recordemos que durante el 6 y el 7 de septiembre, y en medio de un ambiente enrarecido y muy impropio del parlamentarismo, se aprobaron las "leyes de desconexión" (sic.): la ley del referéndum de autodeterminación -que regulaba la celebración del 1-O- y la ley de transitoriedad jurídica y fundacional de la república -que pretendía otorgar base jurídica a un futuro Estado catalán, siempre que en el 1-O ganara el 'sí'-.

Reconocer el error

Soy de las que cree que el independentismo cometió un error con la celebración de aquel pleno y aprobando aquellas leyes. Por muy convencidos que estuviéramos, rompimos un principio de equilibrio entre legitimidad democrática y principio de legalidad. Y también creo que aquellos que se autodenominan "constitucionalistas" contribuyeron al espectáculo lamentable de reproches y de tensión parlamentaria, además de constatar que fueron incapaces de plantear una salida política para el país.

A algunos, desgraciadamente a muchos, aquella bronca parlamentaria les iba bien y les espoleaba las perspectivas electorales. Además, quienes en el seno del independentismo apostábamos por soluciones pragmáticas no supimos plantarnos ante aquella eventual desconexión. Hace daño escribirlo con esta rotundidad, pero creo que el mejor favor que le podemos hacer a Catalunya es reconocer aquel error.

Frustración y provocación

Los plenos de desconexión suponen abrazar de manera desacomplejada y efectiva la unilateralidad como estrategia política, que tanto daño nos ha hecho como país, y que solo ha generado frustración a la ciudadanía, sea o no independentista. De hecho, y más concretamente, muchos independentistas de buena fe creían que efectivamente Catalunya se convertiría en un estado independiente en un abrir y cerrar de ojos una vez proclamada la república. Hoy, cuando escucho a algunos líderes independentistas que empiezan a abandonar las tentaciones unilateralistas, a pesar de que no renuncian del todo, pienso que, implícitamente, ya reconocen que las cosas no se hicieron bien.

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Francamente, entre unos y otros, desconectamos del sentido común: unos para asegurar que sí, que la ruptura del marco legal era mejor que la búsqueda de grandes mayorías, con la correspondiente paciencia que esto requería, para cambiar las leyes y mejorar el encaje entre Catalunya y España; los otros, por ser incapaces de entender el malestar de una parte muy importante de la ciudadanía de Catalunya y por renunciar de forma deliberada a plantear soluciones y propuestas, potenciando el discurso de la provocación y la confrontación.

Pasados cuatro años me parece muy pertinente la frase de Konrad Adenauer que dice "todos vivimos bajo el mismo cielo, pero no todos tenemos el mismo horizonte", sin que esto me suponga tener que renunciar a la esperanza que me transmite el compromiso con los ideales y la defensa de la política como herramienta de transformación, pacto y acuerdo.