Obituario Obituario Informa la muerte de un individuo, proporcionando un relato imparcial de la vida, controversias y logros de la persona.

Llorenç Gascon, empresario y europeísta

El alto ejecutivo, vicepresidente de Foment durante 14 años, expresidente de La Seda de Barcelona y Creu de Sant Jordi, ha fallecido a los 92 años. Fue un acérrimo defensor de la empresa como motor de progreso, volcado en la causa europea y firme pero nada iluso defensor del catalanismo.

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Llorenç Gascon, en una imagen de 2005.

Llorenç Gascon, en una imagen de 2005. / DANNY CAMINAL (EPC)

Ha muerto, a los 92 años, Llorenç Gascon, persona de múltiples facetas que sintetizaría diciendo que fue un alto ejecutivo (no significativo accionista de ninguna empresa) muy volcado en la actividad empresarial, en la causa europea y en la preocupación por Catalunya. La Generalitat de Pujol, con el que mantuvo una correcta pero algo distante relación, le distinguió por ello con la Creu de Sant Jordi. 

Tuvo muchas responsabilidades en la empresa privada. Desde Paños Guasch –cuando entró su abuela le dijo que ya tenía un empleo para toda la vida– al antiguo Banco de Capellades, donde inició su relación con Pujol, a la dirección de Exbank (del grupo Mas Sardá), la muy estrecha colaboración en Cecsa con Enric Masó, el empresario que relevó a Porcioles en la alcaldía de Barcelona en el tardofranquismo, la presidencia de La Seda de Barcelona hasta que los holandeses abandonaron España, la de Tabasa (Tuneles del Tibidabo), Publicitas España… En esas actividades le conocí pero yo ya había oído hablar de Gascon muchos años antes porque en los segundos 50 coincidió con mi padre en la junta de la Asociación Católica de Técnicos Mercantiles. Y Gascon ya no dejaba indiferente. 

Conversar con él era siempre interesante y refrescante porque tenía una visión nada convencional de lo que sucedía

Quizás por eso iniciamos una amigable relación que consistía en uno o dos largos almuerzos al año, casi siempre en el histórico Tritón, detrás de la Facultad de Económicas. Conversar con él, se estuviera o no de acuerdo, era siempre interesante y refrescante porque tenía una visión nada convencional de lo que sucedía. Era un firme pero nada iluso catalanista, un convencido europeísta y de la relación con Estados Unidos, un culto cosmopolita que hablaba alemán y árabe con fluidez, un acérrimo defensor de la empresa como motor de progreso... y al mismo tiempo un gran entusiasta de la montaña (la Cerdanya y los Alpes suizos) y un cazador que disfrutaba de Castilla y del queso manchego. 

Gascon tenía muchas facetas. Durante un tiempo tuvo una gran dedicación a Unió Democràtica de Catalunya y en el 68-71 formó parte de una «rupturista» dirección que, junto a Vila-Abadal, Joan Ballvé y Fracesc Aragay, decidió integrar a Unió en la famosa Coordinadora de Fuerzas Políticas de Catalunya con, entre otros partidos, el PSUC, lo que conmocionó al viejo partido democristiano. Luego se alejó de Unió y en la Transición fue, junto a Alfredo Molinas y Carles Ferrer Salat, clave en la resurrección del Foment como una activa patronal catalana.

En Foment y la CEOE

Fue vicepresidente del Foment durante 14 años y miembro del comité ejecutivo de la CEOE, dedicado a asuntos europeos, con José María Cuevas. Y desde 1982 a 2000, cuando pidió a Carles Gasòliba que le sustituyera, fue el presidente español de la Liga Europea de Cooperación Económica que, desde antes de la democracia conectaba al empresariado español con el europeo. Fue también, hasta hace muy poco, vicepresidente de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras, la única Real Academia que tiene su sede en Barcelona y que preside Jaime Gil Aluja.

Vitalidad física

Lo más impactante de Gascon era su gran vitalidad física, parecía más joven de lo que era y hasta hace poco presumía de hacer cada verano algún pico de los Alpes, su vigor intelectual reforzado por sus estrechos contactos con empresarios americanos y asiáticos y, al mismo tiempo, su eterno interés –compatible con un estudiado escepticismo– respecto a la política catalana y española.

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Su conversación era siempre interesante y refrescante porque tenía una visión nada convencional de las cosas. Su muerte me sorprendió el último día de agosto –su hijo me dice que desde Navidad tenía serios problemas de salud– cuando pensaba llamarle para –tras el paréntesis del covid– reemprender los almuerzos del Tritón en el que diagnosticaba el mundo. 

Quería saber lo que pensaba de la economía poscovid, de Biden y Afganistán, del nuevo Gobierno catalán y de las posibilidades de Pedro Sánchez. No podrá ser.

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