Editorial Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El vacío que deja EEUU

Las proclamas de los talibanes de no amparar terroristas y dejar salir del país a sus opositores quizá sean más creíbles que las de mostrar tolerancia bajo su régimen

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Soldados y personal americano en Kabul

Soldados y personal americano en Kabul

El derrumbe acelerado en las últimas semanas de los 20 años de intervención de Estados Unidos y sus aliados en Afganistán llega hoy a su punto final. Y lo hace con un estruendoso fracaso, por más que se quiera argumentar, como hizo ayer Boris Johnson, que la misión se ha cumplido porque se erradicó la presencia de Al Qaeda y se evitaron atentados yihadistas desde el santuario afgano. El objetivo inicial de la intervención, tras los atentados del 11-S, quedó muy atrás después de dos décadas de ocupación, miles de vidas perdidas, cientos de miles de refugiados y miles de millones invertidos en modelar las estructuras de Gobierno, las fuerzas armadas y la misma sociedad afgana. Cuando los últimos militares de EEUU abandonen hoy Kabul no dejarán atrás a un país aliado y de fiar enclavado en las fronteras de las repúblicas exsoviéticas, de Irán, de China y de Pakistán. Desde el punto de vista geoestrátegico lo que dejan a sus espaldas ya no es un régimen tribal aislado en sus montañas sino un vacío que ya se están apresurando a llenar China, la URSS, Irán y las monarquías del Golfo, mientras Occidente queda sin presencia alguna tras no reconocer diplomáticamente el nuevo régimen. Estados Unidos ha convocado el próximo lunes a sus aliados para debatir su postura tras la retirada: un gesto de multilateralismo vano tras la negativa a atender las peticiones de varios países europeos en los últimos días. Y posiblemente demasiado tardío. 

El movimiento talibán que amparó a Osama bin Laden vuelve a estar asentado en el poder. Pero con proclamas de respeto a las vidas de quienes hasta hace unos días eran sus adversarios y vagas promesas de tolerancia y de respeto a las mujeres. Las razones para sospechar de la sinceridad de estas afirmaciones son más que fundamentadas. Y en cuestión de días se podrá corroborar hasta qué punto estarán dispuestos a cumplir los términos en que, no puede olvidarse, la Administración de Donald Trump abandonó el país en sus manos para poder retirar sus tropas. Una retirada con fecha fija que dejó sin margen de maniobra a su sucesor, desbordado por las circunstancias.

El primer compromiso que será sometido a prueba será el de dejar partir a los afganos que quieran abandonar el país. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas reclamó ayer (con la abstención de China y Rusia) que los talibanes aseguren que su territorio no se use para amenazar ni atacar a ningún país y que garanticen el libre movimiento de su población. Con la rama local de Estado Islámico abiertamente hostil, parece razonable esperar que convertirse de nuevo en santuario terrorista no forme parte de los intereses inmediatos de los talibanes. Aunque no hasta el punto de tolerar las actuaciones de EEUU en su territorio en forma de ataques de drones con potenciales víctimas civiles inocentes, que la Administración Biden aspira a mantener.

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Las garantías de libre salida de Afganistán deberían concretarse creando una zona segura en el aeropuerto de Kabul gestionada por las Naciones Unidas o por países con capacidad de llegar a acuerdos aceptables para los talibanes, como Turquía o Qatar. Confiar en que, sin ninguna presencia de este tipo sobre el terreno, las condiciones de evacuación sean seguras es mucho confiar. Aunque quizá al final acabe siendo más fácil que los talibanes acepten la salida del país de población refractaria a su régimen que Occidente abra sus puertas a muchos más refugiados que los colaboradores directos con los que tiene una deuda moral inexcusable.