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Afganistán, la pesadilla interminable

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Lugar donde el jueves se inmoló un terrorista de Estado Islámico, en las afueras del aeropuerto de Kabul.

Lugar donde el jueves se inmoló un terrorista de Estado Islámico, en las afueras del aeropuerto de Kabul. / WAKIL KOHSAR (AFP)

Es un sarcasmo que la presencia occidental en Afganistán termine con un atentado. Acabar con la amenaza terrorista fue la razón que EEUU y sus aliados esgrimieron hace 20 años para justificar la invasión. Es la dolorosa prueba final de un fracaso rotundo y de la inutilidad de una misión que acaba mal, sobre todo para las afganas. También es una advertencia para los talibanes: no es lo mismo ganar una guerra exprés a un enemigo que huye en desbandada que gobernar y forjar la paz en un país roto por las guerras, el extremismo y el odio.

Parece un mofa que la masacre del aeropuerto de Kabul lleve la firma de Estado Islámico, grupo que nació como respuesta a la invasión estadounidense de Irak, una guerra basada en la mentira de las armas de destrucción masiva que derrocó a Sadam Husein, un dictador que mantenía a raya a las organizaciones integristas. No eran las armas, era el petróleo.

La presencia en Afganistán de una rama del Estado Islámico -llamada ISIS-K porque emergió en la provincia de Khorasan (Jorasán, en castellas) en 2015- es un motivo de preocupación para EEUU y para los talibanes. Pese a que están ideológicamente cerca y comparten la idea de un califato gobernado desde una interpretación rigorista de la ley islámica, son enemigos acérrimos que compiten por el liderazgo en el mundo suní, al que ambos pertenecen.

Derrotada pero no finiquitada

El ISIS-K es heredera de la organización yihadista que proclamó en 2014 el califato en amplias zonas de Irak y Siria, y que terminó derrotada, pero no finiquitada. Ahora alienta una red de franquicias en África y Asia. El ISIS-K rechazó los acuerdos de paz firmados en Doha entre los talibanes y EEUU, que hoy son papel mojado ante la nueva realidad afgana.

Aunque para los talibanes son un problema, porque habrá más atentados, representan una oportunidad. Al ser más radicales les permiten presentarse como moderados, pese a que no lo son. Pasó con el Frente al Nusra, la rama de Al Qaeda en Siria, que al compararla con el ISIS hasta parecía razonable.

El discurso del presidente Joe Biden prometiendo "cazar" a los terroristas del atentado del aeropuerto de Kabul, en el que hubo víctimas militares estadunidenses, es una prueba de su debilidad y desconcierto. Lo ocurrido abre para EEUU la posibilidad de un diálogo sostenido con los actuales jefes de Afganistán basado en la seguridad.

El ISIS-K no es el único problema de los talibanes. La fidelidad de la red Haqaani, que ha luchado con ellos durante estos años, no está garantizada. Este grupo emplea métodos que están más cerca del terrorismo que de la lucha armada. EEUU los tiene en su lista negra. Debe conocerlos bien porque Ronald Reagan ayudó a crearlos en la lucha contra la URSS

En segundo plano

La tragedia de la gente que trata de escapar de Afganistán ha quedado en un segundo plano. Los atentados han servido de excusa para que los países occidentales den por terminada la operación de rescate, sin opciones a prologar la misión más allá del 31 de agosto.

Tras su derrota en Afganistán y el abandono de gran parte de Oriente Próximo, EEUU sale del escenario mundial en el que ha mandado durante más de un siglo. Regresa a un aislacionismo que forma parte de su ADN. Ha sustituido el 'American first' por el 'American Only'. Deja sola a Europa ante sus demonios, como en 1919. La UE, que carece de Fuerzas Armadas, más allá del embrión del euro-ejército, es la gran perdedora.

Con un EEUU en repliegue y una Europa sin sueños de grandeza, China está llamada a ocupar el centro del nuevo tablero, porque Rusia, pese a las bravatas de Vladímir Putin, solo concursa como actor secundario. El eje se ha movido del Atlántico al Pacífico.

Pragmatismo de Pekín

Será interesante conocer el modelo chino de convivencia con los talibanes y su influencia en otras zonas de Asia, como Pakistán, India, Bangladesh o Indonesia. Su represión de los uigures, su minoría islámica, demuestra que no aceptan desafíos internos, pero su política exterior suele ser pragmática y lenta. Parece que no están, pero están. Hasta ahora ha sido un poder que ha movido sus piezas sin llamar la atención. La pandemia ha acortado los plazos. China reclama un papel dominante en política internacional, quiere disputar el liderazgo a un EEUU en retirada. El rompecabezas de Afganistán será su primera gran piedra de toque.

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El derrumbe del régimen prooccidental de Kabul tendrá consecuencias. Las tuvo para la URSS, que desapareció en 1991. Y las tendrá para EEUU, que vive un periodo convulso con el ascenso de una extrema derecha antidemocrática que ha cooptado gran parte del Partido Republicano.

Biden se va a apuntar una derrota que pertenece a sus antecesores: George Bush, Barack Obama y Donald Trump. Es un revés que marcará los tres años que le quedan de mandato antes de las elecciones de 2024. Es el escenario de agitación perfecto para los que han convertido las vacunas contra el covid y el uso de las mascarillas en una batalla por la libertad y contra el sistema. ¿Les suena? Lo grave es que funciona. La caída de Kabul forma parte de una pesadilla mayor que está por llegar.