Polémica lingüística Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Las razones de Sean Scully

Por un cosmopolitismo mal entendido, provinciano, algunos extranjeros viven el presente internacional de la ciudad, pero ignoran voluntariamente lo que les rodea, como que algunas personas hablen en catalán naturalmente y no para joder

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El artista norteamericano de origen irlandés Sean Scully.

El artista norteamericano de origen irlandés Sean Scully. / Marc Vila (Bcn)

En este agosto de incendios terribles, catástrofes humanitarias y cataclismos futbolísticos, una breve noticia se ha abierto camino en la información general, aunque quizás su lugar ideal habría sido una revista como 'Artforum' o incluso 'Wallpaper'. Tal y como publicaba este diario hace unos días, haciéndose eco de un reportaje del 'Financial Times', el artista Sean Scully —irlandés que vivía en Barcelona desde 1994— y su esposa, la también artista suiza Lilianne Tomasko, han decidido irse a vivir a Aix-en-Provence. La razón: estaban cansados del nacionalismo catalán, que les hacía “imposible” vivir aquí. Lo cuentan así: “En Barcelona, cuando íbamos a alguna reunión, nos hablaban todo el rato en catalán, como diciendo '¡jódete!”. (La noticia no aclaraba a quién se refiere este 'ellos' con quienes se reunían.)

Sí, ya lo sé, da pereza hablar de todo esto (bostezo, bostezo), pero con un poco de atención posvacacional quizás nos ayude a entender algo. La primera sorpresa es que Scully y su familia se sientan expulsados de Barcelona precisamente ahora, tras un año y medio de pandemia, cuando la vida política catalana y el 'procés' con sus consecuencias viven una fase menos activa o como mínimo menos expansiva que hace, pongamos, tres años. Si los Scully-Tomasko se hubieran ido justo después del estallido independentista del 1 de octubre y las manifestaciones posteriores, el contexto sería otro distinto.

No conocemos, claro, las circunstancias personales del artista. Con 76 años, Scully es uno de los pintores abstractos con más renombre, con una obra reconocible (en parte porque todos sus cuadros se parecen, como eternas variaciones cromáticas de una misma idea) y con una excelente cotización. Es decir, los Scully son ricos. Tal y como se decía en el reportaje, tienen casas y estudios en Londres, Nueva York, Múnich y Berlín. No creo, pues, que “dejar Barcelona” fuera una necesidad rigurosa, al igual que con tantas casas para vivir tampoco debe ser fácil arraigarse en alguna parte.

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Este es un detalle importante: tal vez Scully vivía en Barcelona sin vivir de verdad, como tantos extranjeros que vienen a la ciudad atraídos por su belleza, la atmósfera creativa, las playas, Gaudí —pongan lo que quieran—, pero entonces les molesta la realidad del día a día, porque les estropea la composición que se habían hecho antes. Por un cosmopolitismo mal entendido, provinciano, viven el presente internacional de la ciudad, pero ignoran voluntariamente lo que les rodea, como por ejemplo que algunas personas hablen en catalán naturalmente y no para joder. 

Scully ha dejado una obra importante en el monasterio de Santa Cecília de Montserrat, pero su huella en Barcelona es casi nula. No se le intuye mucho intercambio vital y, más bien, emerge la sospecha de que necesitaba una excusa para continuar moviéndose, buscar nuevos horizontes para que su obra avance. En Aix-en-Provence, una elección más bien tópica para añadir a la lista de propiedades, tal vez le vaya bien, pero en algún momento le hablarán en francés.