La hoguera Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

No se arregla en Barcelona

Los guiris son gente como tú y como yo. Gente con problemas, individuos jodidos por lo mismo que tú y que yo.

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Turistas frente a la Sagrada Família, en Barcelona.

Turistas frente a la Sagrada Família, en Barcelona. / SIMONE BOCCACCIO

Para algunos guiris Barcelona es un destino imprescindible. Queda más o menos claro qué ofrecen los tentáculos de las agencias de viajes: un destino con distinción, donde encontrarán gente española, misteriosa y atrevida a un tiempo, simpática. Mediterráneo de sangría embotellado en tinajas góticas y modernistas. En fin, lo que encuentran. Basta con verme borracho para ver Barcelona. La ciudad es, para algunos guiris apoltronados y grises, lo que para los españoles eran las suecas del destape.

Pero hay una confusión importante aquí. Los guiris son gente como tú y como yo. Gente con problemas, individuos jodidos por lo mismo que tú y que yo, y no me refiero a pagar la luz y el alquiler, no, sino a problemas de tristeza: ya no me quiere, no sé cómo Scheisse me quería antes, a ver qué hago yo ahora. Barcelona, como todas las ciudades, es un espejo que refleja lo que uno no quiere ver de sí mismo. Pero es más fácil enemistarse con una ciudad que con uno mismo. Luego dirán que el viaje fue una calamidad. Pues no haber venido.

Si Barcelona te pareció una mierda, espera a dar con tus huesos y tus problemas en cualquier otro sitio. Prueba a no tener amor en otra ciudad. Prueba a que no te respondan en otra ciudad. Prueba a ser infeliz, prueba, y aquí te espero. El error lo comete uno y no la ciudad, que ya estaba aquí y estaba así cuando llegaste, que no te esperaba ni lamentará que te vayas. Lo mismo Madrid. Lo mismo Águilas. Todos los sumideros de gente.

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Hablaba de los guiris con problemas de tristeza porque en la terraza del bar hay una pareja de ellos. Un padre y un hijo. El hijo tendrá trece años y las piernas anormalmente largas. No hay nada más: bar, padre, hijo, piernas largas. El padre y el hijo no sintonizan. El padre se esfuerza porque el hijo esté contento y el hijo se esfuerza por demostrarle al padre que no va a alegrarse por nada. Lo ha traído a Barcelona, y en el país del guiri del que vienen Barcelona era un buen regalo del padre para el hijo. Pero no funciona. El hijo no se ríe ni está contento. Aquí hay que venir contento de casa. Fotografía el padre al hijo con el teléfono móvil y le dice en su idioma que mire y el hijo no mira, y más fotos, fotos distintas a las de la agencia de viajes, fotos patéticas de un hijo que no mira a su padre. De un hijo que está, quizás, pensando que ha venido solo con su padre. Y que está deseando regresar a otro lugar, que es donde están los que no son él.

Al rato se levantan y el padre le toca la cabeza. No sé lo que buscan, pero parece que aquí no estaba, no en este bar, ni en Barcelona, ni en cualquier otra ciudad. Moverse no sirve para arreglar lo que esos tipos tienen roto, así que Barcelona no es la causa ni la solución de mis problemas, de mis roturas, igual que tampoco lo fue Madrid. Como esos guiris vuelvo a casa para decidir, tras la aventura, que solo una cosa es evidente: tenemos serios problemas, tenemos muchos problemas, y no le importan a nadie. Se nos ayudará casi siempre con torpeza.

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