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Jóvenes y salud mental: ¿qué ha hecho aflorar la pandemia?

Aceptar que somos personas normales y que tenemos hijos normales quizá reduciría la presión hacia estos jóvenes que crecen con el mensaje de que para ser algo en la vida hay que ser extraordinario en algún ámbito

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Una joven agobiada.

Una joven agobiada.

La pandemia ha puesto encima de la mesa algo que hasta ahora estaba muy invisibilizado: la salud mental de la población. Lamentablemente no ha sido un tema prioritario en el análisis y las medidas tomadas por los diferentes gobiernos durante las diferentes fases de la pandemia, pero la situación es tan evidente que al final ha emergido. Muchos debates se abren cuando ponemos el foco en la necesidad de abordar de forma responsable y sin tabús esta cuestión; entre ellos la importancia de abordar la salud mental desde una perspectiva también socioemocional que no reduzca al ámbito psiquiátrico y a la medicación el abordaje.

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En este caso me gustaría centrar el análisis en la erupción de los malestares psicoemocionales (y en muchos casos trastornos mentales) de la población adolescente y joven. Ya no podemos mirar hacia otro lado. El covid ha evidenciado que debemos tomar en serio esta cuestión. Se multiplican los casos de jóvenes que sienten que no encajan en este mundo que hemos construido –en principio para ellos–. En algunos casos habrá predisposición genética, factores desencadenantes orgánicos, etc… Sin embargo, además de las cuestiones psiquiátricas, a menudo observo algo que –desde mi punto de vista– es un contrasentido. Las redes sociales, los círculos de familias, los libros e incluso algunas consultas de profesionales de la psicología en la actualidad destilan conceptos como: excelencia, altas capacidades, alto rendimiento, entre otros… Muchas de las conversaciones de las familias de adolescentes se centran en compartir los maravillosos resultados académicos de los hijos (esas altas capacidades certificadas por un psicólogo) o esa excelencia en el deporte o en la música (como promesa de singularidad y éxitos futuros). Me pregunto si se han multiplicado los “hijos prodigio” respecto a las generaciones anteriores; pero también me pregunto si esa emergencia de prole “extraordinaria” guarda alguna relación con el nivel de malestar emocional que están mostrando los adolescentes y jóvenes.

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Estas preguntas me llevan a reflexionar sobre los estilos educativos actuales y qué función estamos ejerciendo las familias. Es difícil a menudo –en nuestro rol de referentes educativos– tomar conciencia de todo lo que proyectamos en “nuestros” hijos. Nos decimos a nosotros mismos que queremos lo mejor para ellos y con ese fin buscamos la excelencia, forzamos a que se “apasionen” por algo; ese algo que muchas veces se parece sospechosamente a lo que nosotros querríamos haber hecho o sido y no hemos hecho ni sido. Este proceso de proyectar en nuestros hijos solemos envolverlo de argumentos como: adquirir responsabilidad, adquirir compromisos y disciplina, entre otros. En realidad, si rebuscamos en el fondo del baúl de nuestra psique en un ejercicio de autosinceridad, probablemente encontremos nuestras ganas de transcender en el mundo, de dejar un legado a través de unos ‘hij@s’ que destaquen en algo, que nos hagan sentir especiales como padres y madres; aceptar que somos personas normales (con la connotación positiva de la palabra normal) y tenemos ‘hij@s’ normales quizá, solo quizás reduciría un poco la presión hacia estos jóvenes que crecen con el mensaje que para ser algo en la vida, para tener éxito, hay que ser extraordinario, en algún ámbito.

Sin embargo, por otro lado, podría ser interesante reflexionar sobre por qué no ponemos tanta exigencia en potenciar otras características esencialmente humanas, imprescindibles para la vida, pero que no suelen aparecer ni en las redes sociales, ni en los libros de récords ni en los medios de comunicación. Me refiero a potenciar la autonomía, la empatía, la asertividad, la resiliencia. La resiliencia que nos permite vivir; encontrar la forma de seguir adelante ante las adversidades, no medir el éxito vital por la comparación con otros.  Aprender –nosotr@s y las siguientes generaciones– a identificar los dolores emocionales y aprender a no taparlos hasta que duelen demasiado, regular la autoexigencia. En definitiva, acompañar a seres humanos y educarlos en la libertad y la responsabilidad, esto si sería excepcional.