Toros Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Feminista y Nigeriano

Lo que no han logrado centenares de campañas en contra de las corridas de toros acaba de conseguirlo el lenguaje políticamente incorrecto: finiquitar en 24 horas 133 años de espectáculos taurinos en Gijón por los desafortunados nombres de dos astados

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Una corrida de toros.

Una corrida de toros. / TVE

España es un país de extremos y de contrastes y lo que aquí ocurre difícilmente podría pasar en cualquier otro estado de Europa. Primero, porque, además de Francia y Portugal (no incluyo Latinoamérica), somos el único estado del Viejo Continente donde se celebran corridas de toros al modo tradicional en todo el territorio, de norte a sur y de este a oeste. En Francia continúan siendo muy populares en Las Landas, la zona sur del país y Nimes, y en el siglo XIX incluso llegaron a París, y en Portugal se prescinde de la última suerte y el toro no muere en el ruedo, sino puertas adentro cuando solo miran jiferos y matarifes.

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Y segundo, porque es sorprendente que lo que no han conseguido centenares de campañas animalistas, proposiciones de ley y no de ley, ordenanzas administrativas, recursos ante los juzgados; acaloradas disputas a pie de plaza entre taurinos y antitaurinos hasta llegar a las manos; ‘performance’ de protesta donde hay más sangre de pega que la que de verdad corre roja y espesa por los entresijos del toro; cargas policiales contra estos y aquellos, avivadas discusiones frente a las cámaras de televisión, debates en redes sociales en los que al final se acaba mentando a la madre; contrarios y partidarios que dan vergüenza ajena, vergonzosos y punibles comentarios en foros que se tornan en algarabía cuando alguien muere en la plaza; profesionales del gremio de los que saben leer al toro, así lo llaman, pero no se les conocen otras lecturas ni previsión de lo cual, etcétera. Es sorprendente, decía, que tras décadas de lo antedicho, una gran ciudad española, Gijón, haya acabado de un día para otro con los toros en la localidad a causa de los nombres políticamente incorrectos de dos astados prestos a lidiarse en la feria de Begoña: Feminista y Nigeriano. En fin.

Soy taurino, vaya por delante, pero esto no viene al caso. Discutir de toros es como discutir de religión: se trata, por lo común, de posiciones inamovibles. O te gustan los toros o no te gustan, o se cree en Dios o no se cree, pero más vale no debatir y mucho menos que suba la fiebre en disputa, porque ese precioso tiempo puede invertirse en cualquier otro asunto de más provecho, incluso en cultivar la amistad entre contrarios. Y además, este artículo no va de toros sí o toros no, que cada cual opinará lo que le salga del fajín y aquí paz, después gloria y ponme una caña, chaval. Esto va del cambio social y de cómo lo políticamente incorrecto, que no lo era tanto hasta hace unos años, se acaba convirtiendo en arma moral contra una tradición que al final pierde el envite.

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La alcaldesa de Gijón, la socialista Ana González, acaba de suspender la feria de Begoña al conocer que iban a saltar al ruedo Feminista y Nigeriano, nombres que, se mire por donde se mire, no parecen apropiados para dos seres vivos que van a ser picados en varas, toreados por chicuelinas y delantales, terciados tres veces en banderillas, avivados por los rehiletes al quiebro o al volapié, muleteado al natural o con un estatuario y, finalmente, muertos a estoque. La alcaldesa ha evitado lo que podría haber sido un despiporre y convertido asuntos tan serios como la igualdad y la xenofobia en pasto de redes sociales. Feminista, de 500 kilos, recibida a porta gayola. Pues mire, no. Nigeriano, negro zaíno. Tampoco. Poca broma. Bastante dolor producen ya el machismo y la xenofobia como para convertir el drama en cachondeo. El ayuntamiento ha decidido suspender la feria y no prorrogar la concesión de la plaza de toros, lo que viene a ser lo mismo que finiquitar el espectáculo después de 133 años en esta ciudad, al menos hasta que venga otro político y decida revertir la cuestión.

Indignan hoy tales nombres y nada habría pasado hace 30 años, como asquearía hoy el triunfo de las casetes de chistes de gasolinera que hacían mofa a costa del racismo, los malos tratos y la opción sexual. Se llama evolución, cambio social o el sentido común y la percepción que nos faltaban entonces. El ganadero propietario de Feminista y Nigeriano aduce que es costumbre bautizar al eral con el nombre de la madre, por lo que deduzco que la vaca que parió a Nigeriano se llamaba Nigeriana, lo mismo que la madre de Islero, el miura que mato a Manolete, se llamaba Islera. En tiempos de Nigeriana quizá a nadie le indignaba, o acaso no saltó a la palestra, pero su hijo nunca debió heredar el nombre y mucho menos que lo anunciaran con él. Burlero, Corucho, Jabatillo, Ingenioso, Jaraiz son nombres de toros famosos que figuran ya en las enciclopedias por muchas razones, pero ninguna de ellas por la que pasarán a la historia Feminista y Nigeriano.

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