La estrategia de Sánchez Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Reconciliar al partido parece haber sido uno de los objetivos de la remodelación de Gobierno, no solo por la necesidad emocional de restañar heridas del pasado sino, especialmente, para afrontar con posibilidades de ganar las futuras citas electorales

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El presidente del Gobierno  Pedro Sanchez,  en rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros el pasado 13 de abril en la Moncloa.

El presidente del Gobierno Pedro Sanchez, en rueda de prensa tras la reunión del Consejo de Ministros el pasado 13 de abril en la Moncloa. / Emilio Naranjo

Si Susana Díaz hubiera ganado en junio las primarias de Andalucía, Pedro Sánchez estaría ahora en una situación delicada dentro del PSOE. No porque sus críticos fueran a estar en condiciones de ganarle en el congreso de octubre, mucho menos de derrocarle, como ya hicieron el 1 de octubre de 2016, sino porque la situación en el partido le resultaría molesta. Como una piedra en el zapato. Porque, de haber sido ese el resultado, Sánchez tendría una oposición interna organizada en torno a quien fuera su rival por el liderazgo socialista y a la oposición de acoso y derribo que hace el PP, más Vox y, a veces, Ciudadanos, y a las tensiones en la coalición del Gobierno con Unidas Podemos, el presidente hubiera añadido la pelea interna.

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Pero no fue ese el resultado en Andalucía. Por el contrario, lo que ocurrió aquel 13 de junio reforzó aún más al líder socialista en el seno de su organización –hay críticos que le acusan de cesarismo– y le permitió afrontar un mes después una remodelación del Gobierno con la que ha tratado de suturar las heridas internas. Excepto el todopoderoso exdirector del Gabinete de Presidencia Iván Redondo, quienes salieron del Gobierno eran dirigentes destacados del PSOE que estuvieron con Sánchez en las barricadas internas cuando tuvo que bregarse no solo con la entonces baronesa andaluza, también con la plana mayor de los notables del ‘felipismo’, y también del ‘zapaterismo’, a quienes derrotó con el apoyo masivo de las bases.

Ahora, con el panorama de la oposición interna despejado, el presidente ha recuperado a algunos valores del partido que en aquellas primarias no estuvieron a su lado. Parecía que esa era una brecha que no se podría cerrar jamás. Y a lo mejor es cierto que no se habría cerrado de haber mantenido al anterior núcleo duro del Gobierno y, por supuesto, al citado Redondo, que despertaba recelos en todos los frentes del partido. Pero el frío Sanchez se ha auto otorgado la capacidad del perdón y ha recuperado a algunos disidentes. Ha puesto a dirigir el Gabinete de la Presidencia del Gobierno a Óscar López, que fue el jefe de campaña de Patxi López, el tercer candidato en discordia en aquel mes de mayo de 2017, y ha nombrado al menos a tres ministras, Isabel Rodríguez, Pilar Alegría y Diana Morant, que entonces se decantaron a favor de la candidata andaluza.

Ahora que la pandemia del covid-19 se va controlando con la vacunación masiva y que la recuperación económica empieza a despegar –aunque prevalecen crisis como la del precio de la luz o la expulsión de menores en Ceuta, que afectan a dos ministros, Ribera y Grande-Marlaska, que Sánchez no tocó–, reconciliar al partido parece haber sido también uno de los objetivos de la remodelación con la que ha pretendido “recargar las pilas”. Mientras que en sus primeros gobiernos se rodeó solo de los más fieles y de personas de relevancia ajenas al PSOE, esta vez ha vuelto la vista al interior de la organización socialista para buscar ministras y para reforzar la estructura partidista, que había quedado como un erial, con el voluntarioso Santos Cerdán, ahora secretario de organización en sustitución de José Luis Ábalos, casi como único habitante de la sede federal de Ferraz. “Allí no hay nada, ni un triste equipo de estudios”, comentaban algunos dirigentes.

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Recuperar el partido no es solo una necesidad emocional para restañar heridas del pasado, es una cuestión de trascendencia estratégica para cumplir los objetivos de Gobierno, para organizar con éxito el congreso de octubre, del que el PSOE debería salir reforzado, pero especialmente para afrontar con posibilidades de ganar las futuras citas electorales. Ese objetivo de reforzarse orgánicamente es, al fin y al cabo, lo que intentan hacer también Unidas Podemos y los grupos de la oposición. El PP, por ejemplo, celebra una convención en otoño con esa misma finalidad.

El PSOE no podía estar en barbecho eternamente debido a que las heridas de las primarias de 2017 no se han cerrado todavía. Menos aún de cara a los comicios autonómicos y municipales de mayo de 2023 y a las elecciones generales, que tocan en otoño de ese mismo año. Abordar esos retos electorales con expectativas de éxito es más fácil con un partido unido. Y Sánchez parece haberse dado cuenta.