El adiós de una estrella Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Messi y nuestro declive catalán

Algunas cosas que rodean lo del argentino se suman a la sensación abstracta y los datos concretos de ciertas enfermedades degenerativas de la sociedad catalana en lo político, lo económico, lo social y lo ético

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Messi, a su llegada a París tras fichar por el PSG.

Messi, a su llegada a París tras fichar por el PSG. / REUTERS / YVES HERMAN

Por mucho que sea el mejor del mundo, evidentemente la pérdida de un futbolista emblemático y veterano como Messi no es un indicio más de que el país en el que jugaba confirme o acentúe su decadencia. Mucho menos si estaba debidamente amortizado y el club se halla en una pésima situación económica. Son cosas que pasan, por mucho que el futbolista tuviese ganas de seguir un par de años más en Barcelona o que gran parte de la afición desease lo mismo, o que Catalunya viva este adiós como una pequeña tragedia nacional.

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El chisme que señala que la deslocalización de este hombre hacia Francia es una nueva pérdida de una empresa de éxito que se va del país es una broma aunque a mucha gente le haga poca gracia. Pero algunas cosas que rodean lo de Messi sí que se suman a la sensación abstracta y los datos concretos de ciertas enfermedades degenerativas de nuestra sociedad catalana en lo político, económico, social y ético, como el abuso persistente de la mentira formulada por los de arriba, la inoperancia de los controles democráticos dibujados para ser ejercidos por abajo y la espectacular proliferación de personales poco convincentes en la primera línea de nuestra representación. Más allá de la profunda división interna poco solucionable que nos amarga y nos resta, así como de la pérdida de peso tangible en España y en la consideración dentro de la Europa que nos interesa, descubrimos falta de pulso, malhumor  y embarullamiento para resolver las cuestiones. Casi  todas. Desde las diferencias sociales entre los que se lucran, los que flotan y los que rozan el no sobrevivir, a los componentes lúdicos.

Hace algunos años, cuando esto ya no era de color de rosa podíamos aludir a algunos bastiones sólidos que referenciaban en cierto sentido a los catalanes cuando otras cosas parecían parpadear. Ahora que La Caixa, pese a su eficiencia, ya no es lo que entendíamos por una caja de ahorros y tiene fuera su sede central, ahora que la autoridad moral de Montserrat padece por conductas intolerables que no supieron frenarse, ahora que nuestra cultura no puede olvidar las trapacerías del día a día en el emblema entrañable del Palau de la Música, le ha llegado el turno a la depauperización del Barça. Todo eso junto sí son tiros en el pie. Situado en el centro de las ilusiones del país, muy a la vista de todos, ha cometido insensateces económicas y éticas sospechadas casi en silencio por muchísima gente. Catalunya, sus contrapesos, sus instituciones, no han sabido efectuar ningún control colectivo corrector. La guerra santa contra el Madrid permitía que las ficciones se impusiesen sobre las realidades. Sandro Rossell se desprestigió mintiendo repetidamente a los socios, los dueños del club, sobre lo que había costado contratar a Neymar apoyado en las tragaderas de la mayor parte de los medios informativos. Pero luego el equipo de Bartomeu casi institucionalizó la mala práctica de fragmentar contratos –como hacen los políticos corruptos– para escapar de los controles decididos por la propia entidad, y se lanzó a una escalada de salarios y gastos imposibles por encima de los más desorbitados de los competidores internacionales. Y cuando llegó el colapso, los socios tuvieron la debilidad decadente de volver a elegir presidente a Laporta, que después de su etapa regeneracionista con el Elefant blau ya había salido rebotado por las sombras de su manera de ser y de gestionar. Solo por la boquilla.

Así, bajando el listón, al igual que en el ‘procés’ la sociedad catalana se dejó arrastrar por las ficciones verbales, las promesas sin base, una ausencia total de reconocimiento de errores, y cerrando los ojos ante la insistencia por conservar cargos, sueldos, influencias para colocar amigos, el Barça se puso a juego. Laporta incluso contrató familiares explícitamente desautorizados por el reglamento interno de la entidad. Ufanos por hablar de la superioridad moral respecto al fútbol menor del que son dueños algunos jeques, varios petromillonarios y los especuladores con los derechos televisivos, aquí cantaban sardanas subrayando que los verdaderos dueños del Barça eran y son los propios socios, aunque eso no se tradujese en nada. O se tradujese en que de hecho Bartomeu, como ahora Laporta, actuaban o actúan como jeques circunstanciales durante sus años de mandato, del mismo modo que lo hacía Pujol y su Madre Superiora –todo emana de la misma raíz psicológica: lo que administro en realidad es mío– en la Generalitat en beneficio propio y de su clan. Bartomeu fue probablemente más un Quim Torra tozudamente irresponsable, mientras Laporta recuerda más al Artur Mas apóstol del paso adelante de media parte de la población contra la otra media, regateando la ley, haciendo juegos de manos con España y cediendo luego la silla a un confuso e indeciso Puigdemont que se sabe huido, se autodenomina presidente, pide la consideración de exiliado y se dedica a zancadillear lo que otros intentan hacer para coexistir y en todo caso ganar el tiempo que él no supo conseguir mientras la vida sigue.

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Esos cuernos para soportarlo todo que prospera aquí y las tragaderas acríticas de tanta gente es lo que enlaza estas cuestiones. Tras la ruina provocada por Bartomeu crecen las sospechas de que Laporta ha representado tres papeles contradictorios en la obra teatral de la salida de Messi: el de dadme la presidencia y yo os lo retengo, el de la ausencia del menor plan para conseguirlo, y el de lo dejamos ir para salvar al club (¡que es lo primero!) y mi presidencia, aunque no sea catarí. Mucho discurso florido pero sin palabras claras de quien al margen de mucha lona publicitaria ya se ha convertido en el sujeto barcelonista más próximo y dependiente de Florentino de la historia y quien sigue las actuaciones y tics del club al que aquí nunca hemos querido parecernos.

Con mucha educación y sin agresividad, Messi en su despedida ha insinuado el doble juego a que ha sido sometido, ha recordado que Laporta ni siquiera ha intentado pedirle más recorte salarial (los franceses se lo llevan pagándole con el mismo descuento excepcional que se planteaba aquí) y ha dicho sin ambigüedad que quiere aumentar su cuenta corriente, ganar alguna Champions más y tal vez el Balón de Oro (algo casi imposible en la transición que tendrá este año el Barcelona). Ya en la frialdad pérfida de los hechos, Laporta, que sabe las sombras que caen sobre él y su relación con Messi, ni siquiera ha dado el paso obligado después del rendimiento de Messi de retirar en su honor la camiseta con el número 10 del equipamiento de la plantilla. Esa falta de sensibilidad también es decadencia respecto a cómo había sido este país cuando era mejor y un poco más serio.

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