Editorial Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Imagen panorámica de Tokio.

Imagen panorámica de Tokio. / EFE

En marzo de 2020, la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio decidió posponerlos ante la amenaza del covid. Solo la primera y la segunda guerra mundiales habían sido capaces hasta ese momento de interrumpir la cadencia olímpica cuatrienal. Aún no había llegado lo peor de la pandemia, pero la experiencia vivida desde entonces ha demostrado que fue una decisión acertada evitar la reunión de miles de deportistas de todo el mundo en el recinto olímpico. Un año después, la cita ha sido posible sin que, según los primeros datos de la organización, haya habido más que algunos pequeños brotes en el seno de la comunidad olímpica, sin ningún contagio a la población local. A pesar de que el mundo (sin que Japón se haya escapado esta vez) esté en la cresta de la quinta ola, los Juegos parece que no han sido el evento supercontagiador en que se podrían haber convertido sin el despliegue de las vacunas, la meticulosidad de los organizadores japoneses y la conciencia de que debemos adaptar todas nuestras rutinas más arraigadas a la amenaza del virus. En este caso, la presencia de público en las gradas. 

A pesar de ese vacío apabullante, para cientos de millones de espectadores de todo el mundo apenas nada ha diferenciado la experiencia de seguir unos Juegos Olímpicos a puerta cerrada de la que hubiesen disfrutado en condiciones de normalidad. En las pistas, piscinas, carreteras o campos de regata el protagonismo de los atletas se ha bastado para hacer olvidar, en la experiencia esencialmente televisiva que son los Juegos para la audiencia mundial, la ausencia del público, la imposibilidad de contemplar sus emociones en directo o sus gestos de apoyo. Pero más allá del espectáculo deportivo, como bien saben quienes experimentaron de primera mano en Barcelona-92, el impacto de unos Juegos en las localidades que los acogen es enorme. La presencia de miles de atletas y seguidores de todo el mundo representa una vivencia única durante 15 días mágicos, y un impacto que puede llegar a marcar la fisonomía, la imagen global y el futuro de una ciudad. No nos deberíamos acomodar a renunciar a ello y a que los Juegos (y el deporte en general) acaben convertidos en una experiencia a vivir solo a través de una pantalla. 

Para el presidente del COI, estos JJOO no presenciales corrían el riesgo de perder su alma. Pero la entrega de los deportistas, ha concluido, lo ha evitado. No lo han logrado solo las hazañas atléticas, como la de los velocistas, saltadores o nadadores que han batido récords, o los ejemplos de compañerismo, como los de los saltadores que renunciaron a luchar por ser el primero, o la felicidad compartida de dos atletas italianos, o la emoción de las competiciones más reñidas.

 En ese alma de los Juegos cabe incluir también los episodios que, muchas veces pese a las reticencias de las instituciones deportivas internacionales, se han convertido en altavoz o reflejo de debates sociales y políticos. Como el creciente protagonismo del deporte femenino, la normalización de la diversidad –y la réplica a quienes se resisten a celebrarla, como ha hecho la atleta gallega Ana Peleteiro– o la prioridad del cuidado de la salud mental frente a las exigencias de la hipercompetitividad. En la renuncia a competir de Simone Biles quizá hubo mucha más alma que en algunos récords.