Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Lo que emerge de las fosas

Todo aflora para ser dignamente enterrado. Para acabar con su latido. Para que cese esa palpitación que sigue tratando de imponer su ritmo

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Fosa común de la guerra civil, en Málaga. 

Fosa común de la guerra civil, en Málaga. 

¿Qué vuelve cuando se recupera un cuerpo perdido durante más de 80 años en una fosa sin nombre? ¿La memoria? ¿El reposo? ¿El orgullo? Quizá el recuerdo de un amor perdido. O el pacto con un dolor que nunca se fue. Si calláramos, las oiríamos. Son las voces de las tumbas. Décadas de palabras estranguladas, mensajes interrumpidos, abrazos imposibles de miembros inertes. Ya nada. ¿Qué regresa cuando emerge el polvo de los muertos? Cada cuerpo es un eslabón de un rosario de historias. Es la persona caída, su miedo y su vida truncada. Ese instante anterior, en el que se sabe que ya todo se acaba. En el que se agolpan las pérdidas sin despedidas, el estallido de la añoranza, la zozobra ante un final ineludible. Está el silencio que le sucede inmediatamente. Y después los sonidos que se cuelan por las rendijas de la imposición. Los gritos de desesperación. El estallido de los llantos, pero también los lloros ahogados, contenidos, enmudecidos. Las lágrimas que, noche tras noche, empapan las sábanas. El cansancio de esa sombra de muerte. Y los rumores. Que son tantos. Que no cesan. Que a veces se tornan torrentes y arrastran con su ímpetu. Otras son ciénagas de gris mercurio.

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Pero hay más. Están los hombres que ordenan esa muerte. Los que apuntan, los que aprietan el gatillo, los que matan. La Historia grita proclamas, bandos y razones. Pero la historia susurra. Y convierte a las personas en peones, atrapados por el miedo, atropellados por los acontecimientos. Ahora eres víctima, ahora culpable. Ahora matas, ahora te matan. Es tu viuda o tu hijo los que te lloran. Ahora sollozan los rostros de esa fotografía manchada con la sangre que tú has derramado. Las razones se pierden en cada desgarro de los uniformes.

Está el mapa de ríos, valles y montañas. Y después está el atlas de la herida. Atravesado, acribillado por centenares de fosas sin nombres. Paletadas de tierra sobre la infamia. Ahí, en el seno de esa iniquidad, se mantiene viva la España negra de Goya. Un duelo a garrotazos sempiterno. Pulsiones belicosas. Voces de caudillos. Espíritu fratricida. “Nuestro mapa no es una carta geográfica, sino el plano estratégico de una batalla sin fin. Nuestro pueblo no es pueblo, sino un ejército. Nuestro gobierno no gobierna: se defiende. Nuestros partidos no son partidos mientras no tienen generales”, escribió Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales.

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Es la guerra lo que emerge de esas tumbas. Es la represalia, los fusilamientos de madrugada, tantos hombres y mujeres asesinados sin juicio, víctimas de sus ideas o, simplemente, de las rencillas. Venganzas telúricas. Ajustes de cuentas. Abusos sin sentido. Todo ello emerge, y todo ello aflora para ser dignamente enterrado. Para acabar con su latido. Para que cese esa palpitación que sigue tratando de imponer su ritmo. Se calcula que aún quedan entre 20.000 y 25.000 cuerpos rescatables en las fosas comunes. Decenas de miles ya se han perdido para siempre. Cada vez quedan menos que puedan llorar a un recuerdo vívido, pero todos seguimos respirando la arbitrariedad de sus asesinatos. Nuestra tierra está empapada de esa sangre derramada. Nuestra libertad, nuestra paz también reside en restituir a los muertos su dignidad.