Novelas de agosto (1) – ‘El bello verano’, de Cesare Pavese Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Nuestro bello verano

Nadie ha empalabrado los meses de estío como el escritor italiano

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Un hombre leyendo un libro en la playa.

Un hombre leyendo un libro en la playa.

En aquellos tiempos siempre era fiesta. Bastaba salir de casa y atravesar la calle para volvernos locas, y todo era tan bonito, especialmente de noche, cuando al volver, muertas de cansancio, esperábamos que aún sucediese algo, que estallase un incendio, que naciera un niño, o quizá que llegara el día antes de lo debido para que la gente pudiera salir a la calle y continuar andando, andando hacia los prados, hasta más allá de las colinas.

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Imagina haber escrito un arranque así. Y ahora imagina haber vivido un verano así. Así, así es como empieza ‘El bello verano’, la novela de Cesare Pavese. Y así seguiría, transcribiendo ese libro hasta que se me agotara la página, porque, como escribió él en su ‘El oficio de vivir’, “escribir es poner en las palabras toda la vida que se respira en este mundo” y nadie ha empalabrado esos meses como el escritor italiano. 

A la novelita, parte de una trilogía magnífica, le sucede como a los mejores veranos: apenas tienen trama. Reducidos a su argumento, son una persona al sol, las puntas de sus pies coqueteando con las últimas olas de la tarde. Y, sin embargo, o precisamente por eso, leer a Pavese en verano escribiendo sobre el verano es una forma de vivir el verano dos veces.

La historia va de la pérdida de la inocencia de una adolescente, que se arrima en la noche de Turín a unos cuantos bohemios: dos pintores de dudoso talento y una modelo enferma que posa para ellos desnuda. Rompen el cascarón de la madurez, emborronan su pureza en tiempos histéricos (la acabó de escribir en 1940: semanas después la Italia de Mussolini se volcaría en la guerra junto a la Alemania nazi).

Si Pavese describe el verano como nadie es porque no se queda en el chapoteo fotogénico y mitificado, sino que sabe atrapar la euforia del impulso y el batacazo del desencanto. Es decir, sabe explicar la felicidad que late en cualquier episodio que se recuerda con melancolía. 

En sus novelas veraniegas se habla de esas palabras que solo pueden mancillar sacerdotes y estúpidos, pero que brillan en manos de la chavalada. Aparecen y se exploran grandes palabras como amor, juventud, aire, sol, felicidad. Hierba, colina, farolas y viento. Las rellena con el latido de la anécdota mínima, con las escapadas nocturnas y los chapuzones de última hora. No nos ahorra el peligro, el aburrimiento, porque el verano es más verano cuando se recuerda desde el invierno (del año o de nuestras vidas). Conjugado en presente, el sol puede ser pegajoso, obligarte al insomnio, cegarte si lo miras demasiado fijamente. 

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Pero, al final, como dice un personaje de su ‘El diablo sobre las colinas’, “de mi infancia solo recuerdo mis veranos”. Y a esa edad hasta a los peligros se les llama misterios. 

Existe una canción muy conocida con el mismo título, ‘El bello verano’, en un disco de Family donde abundan mil frases bellas y veraniegas: “A veces empapados de verano / los chicos viajan en motocicleta / Entonces a las chicas sonrientes / les estalla el corazón”. Y si me he puesto cursi, o sentimental, es porque acabo de releer las tres novelitas de ‘El bello verano’, que es una forma infalible de embellecer este que vivimos ahora.

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