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Estado de las autonomías y la debilidad indestructible

La composición territorial del Estado español es un verdadero rompecabezas, con un statu quo tan frágil que resulta indestructible, porque nadie se atreve a cambiarlo

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Foto de familia de la Conferencia de Presidentes celebrada en Salamanca. / EFE / JUANJO MARTÍN / VÍDEO: POOL MONCLOA Y RTVE

Muchas reivindicaciones en la conferencia de presidentes pero un único tema, el Estado de las autonomías. Y es que, si a nivel formal este tema no estaba encima de la mesa, ha sido el telón de fondo de la foto de familia autonómica-federal del Estado.

La Conferencia de Presidentes resulta un ejercicio únicamente celebrado por los federalistas declarados como Ximo Puig o Francina Armengol, entre otros; el resto asisten o no, pero mantienen un discurso que lo único que pretende es deslegitimar el único elemento realmente federal del que dispone España con el objetivo de matarla antes de que algún gobierno decida institucionalizarlo de verdad, con sus competencias, su periodicidad e incluirlo dentro del engranaje constitucional, una asignatura pendiente desde la Transición.

Los independentistas nos solo no creen en el estado federal español, sino que saben que va en contra de su estrategia. Cuanto más descentralizado, plural y diverso sea España, menos hueco habrá para las posiciones dicotómicas de los referéndums: contigo o contra ti. Por lo tanto, es normal que ni Pere Aragonès ni Iñigo Urkullu remen a favor de esta conferencia, el nacionalismo siempre busca una relación privilegiada que los sitúe por encima de los demás, es decir, la bilateralidad por encima de la multilateralidad. 

Los centralistas lidian con dificultad con el Estado autonómico y se lo creen o no en función de si conviene. Resulta paradójico ver a aquellos que critican las estrategias de victimismo nacionalista hacerlo de igual modo, pero cambiando la bandera bajo la cual se reclama al Estado central más autonomía o más mando central. ¿Que hay una disputa competencial en la que consideran que pueden ganar rédito político? Pues ahí están reivindicando su libertad para decidir y gobernar. ¿Que hay una gestión que puede dañarles reputacionalmente? Pues claman por la responsabilidad del Gobierno y su dejación de funciones. Y es que que las competencias no estén muy claras en algunos aspectos (a saber, una pandemia mundial) no va nada mal para el juego de "lo bueno es por mí y lo malo por culpa del adversario".

Los federalistas lo reclaman sabiéndose en franca minoría y, sobre todo, maniatados por una arquitectura institucional que hace necesaria para cualquier reforma la colaboración del PSOE y del PP. En la actualidad, la relación de ambos partidos está tan desgastada que no se avienen ni a los mínimos pactos que siempre se habían realizado sobre los órganos constitucionales del Defensor del Pueblo, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, a excepción del Consejo de Radio Televisión Pública, para el que sí se pusieron de acuerdo y eso le ha costado la cabeza a varios buenos profesionales. ¿Por qué? Para que se note que la mano del PP ha llegado.

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España, sistema federal más por vocación que por un sistema real, arrastra las deficiencias propias de aquellos que quieren pero no se atreven. Somos uno de los países más descentralizados del mundo, pero carecemos de un sistema de coordinación horizontal en el que las CCAA tomen un papel protagonista para institucionalizar los mecanismos de gobernanza transversal, en la que los territorios hablen, cada uno en su lengua y según sus necesidades. Solo así dejarían de tener sentido partidos de corte provincial, los fenómenos 'Teruel Existe' que reivindican haber sido silenciados durante 40 años en las Cortes generales.

La reunión de los presidentes autonómicos ha sido el escenario de final de curso político, en la que presentes y ausente han dejado patentes sus posiciones nuevamente, pero no sobre la vacunación o sobre los fondos Next Generation, cuyas máximas aúnan a todos bajo la misma reivindicación: cuanto más, mejor, sino sobre cuáles son las diversas posiciones sobre la composición territorial del Estado español, un verdadero rompecabezas sin solución en el que conviven federalistas, independentistas y centralistas sin más solución que un statu quo tan tan frágil que resulta indestructible, porque nadie se atreve a cambiarlo, no vaya a ser, que vayamos a peor.