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Palabras al margen

La costumbre de hacer anotaciones al margen en los libros permite imaginar la creación de un nuevo género: la novela de un autor con comentarios al margen de otro

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Vértigo libresco.

Vértigo libresco. / Gerd Altmann (Pixabay)

El mundo se divide entre los que subrayan los libros y los que no, nunca, ni hablar. Y entre los que subrayan también hay variantes: los que solo lo hacen con libros propios y los desalmados que subrayan los de la biblioteca; los que solo subrayan y los que hacen anotaciones al margen; los que se limitan a hacerlo con la discreción de un lápiz y los que prefieren el tono contundente de la tinta de un bolígrafo... Por no hablar de los insensatos que usan rotulador fluorescente, fucsia o amarillo, ese ataque cromático.

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A esas anotaciones, dibujos o señales que los lectores hacen en los libros, los estudiosos las llaman marginalia, y les interesan sobre todo cuando se trata de lectores privilegiados o de nombres históricos. ¿Qué subrayaba Churchill en sus libros, por ejemplo? ¿Y Susan Sontag? Son detalles que nos pueden ayudar a entender la obra de un autor, claro, pero que en algunos casos también nos empujan al cotilleo, el fetichismo o las lecturas inesperadas. Estos días se ha hecho viral un hilo de Twitter sobre este asunto: en Estados Unidos, una mujer compró una novela de Charles Bukowski en una librería de segunda mano. Una vez en casa, al leerla, descubrió que una lectora anterior había escrito comentarios sobre el estilo siempre grosero y transgresor del autor. De repente, sus palabras irónicas y críticas añadían un nuevo nivel de lectura y, en parte, ridiculizaban a Bukowski. “Este tío está como una regadera”, escribía junto a una frase, o “vete a hacer terapia, tarado”, decía en otro lugar. Era como si estuviera hablando con él directamente, de tú a tú.

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Hace años, El País Aguilar hizo un experimento similar: publicaba recopilaciones de artículos de columnistas como Manuel Vicent, Maruja Torres o Javier Marías, y les dejaba un espacio al lado para que ellos mismos añadieran –escritos a mano– comentarios explicativos o burlones sobre lo que habían escrito tiempo atrás. En algunos casos las apostillas tenían interés, en otros eran insustanciales, un tic comercial que jugaba con la sensación de haberte acercado al autor, solo porque te dejaba leer comentarios escritos de su puño y letra en tinta azul.

Es posible, pues, que las anotaciones al margen den una nueva lectura a los libros. Si añadimos que, desde su nacimiento, el arte de la ficción no ha dejado de experimentar, podemos imaginar la creación de un nuevo género: la novela de un autor con comentarios al margen de otro –un lector-autor, digamos–. Algún intenta ha habido ya, y muy bueno, como el libro-objeto que en 2013 publicaron Doug Dorst y el cineasta J.J. Abrams con el breve título de ‘S’. (busquen imágenes en Youtube, es maravilloso e intraducible). Se me ocurren, sin embargo, alternativas más juguetonas: ¿quién no tendría la curiosidad, por ejemplo, de leer un clásico como ‘La metamorfosis’, de Kafka, con las conocidas anotaciones de Nabokov? ¿O ‘La mort i la primavera’, de Rodoreda, con los comentarios al margen que alguien pediría a Ali Smith, por ejemplo? Parece complicado, pero todo es empezar, editores.

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