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Cuba, política interior

Una cosa es que los miembros del PSOE en el Gobierno piensen que Cuba es una dictadura y otra que puedan decirlo sin provocar un incendio en las relaciones entre los dos países

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Miles de manifestantes salen a la calle en Cuba por primera vez en 27 años.

Decía el gran periodista Xavier Batalla que los españoles solo tenían una opinión formada y apasionada sobre dos temas internacionales: Cuba y el conflicto árabe-israelí. Son, en efecto, dos cuestiones sobre las que las opiniones en España se dividen tanto como lo hacen entre los propios actores de los dos conflictos. En el caso de Oriente Próximo, la opinión española es claramente propalestina, mientras que en el de Cuba los bandos están probablemente más igualados, aunque siempre existe una corriente de simpatía de fondo hacia el pueblo cubano y una cierta condescendencia hacia el régimen castrista.

Las masivas manifestaciones en Cuba, los días 11 y 12 de julio, contra el Gobierno y para expresar el hartazgo por la falta de alimentos y medicinas y por la escasez generalizada han vuelto a convertir Cuba en un problema de política interior española. La batalla se ha centrado esta vez en la palabra que debe definir el régimen, dominado hasta hace muy poco por los hermanos Castro y encabezado ahora por Miguel Díaz-Canel.

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Es evidente que Cuba es una dictadura, con un partido único, con presos políticos y una falta clamorosa de libertades individuales. No hace falta ser muy perspicaz para pensar que eso lo creen desde el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hasta los ministros a los que se les ha intentado arrancar la palabra maldita y no se ha conseguido. Pero una cosa es que los miembros del PSOE en el Gobierno –otra cosa son los de Unidas Podemos—piensen que Cuba es una dictadura y otra que puedan decirlo sin provocar un incendio en las relaciones entre los dos países y sin poner en peligro los intereses de las empresas españolas en Cuba.

La prueba de que se dice una cosa cuando se está en el Gobierno y otra cuando se está en la oposición es la actitud distinta del Partido Popular, que ahora incita al Gobierno a calificar a Cuba de dictadura, palabra que sus representantes no utilizaron nunca cuando gobernaron. Esta diferente vara de medir no hace sino confirmar que Cuba es, para los políticos españoles, una cuestión más de política interior.

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