Pobreza Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El lujo de desconectar

La precariedad y la inseguridad laboral enferman a la clase obrera, y más a las mujeres

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Pasajeros del metro de Barcelona, con mascarillas, en la estación de la Sagrera, en mayo del año pasado.

Pasajeros del metro de Barcelona, con mascarillas, en la estación de la Sagrera, en mayo del año pasado. / Ricard Cugat

Necesitamos desconectar. Vacaciones no es solo lo que haces de diferente sino lo que puedes aplazar mentalmente. Y justo ahora que tenemos la cabeza cerrando carpetas, el Idescat nos explica que un tercio de los catalanes no pueden irse de vacaciones. Los datos son demoledores. Uno de cada cuatro catalanes es pobre, un 26,3% de la población está en riesgo de exclusión social.

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La mitad de los parados viven por debajo del umbral de la pobreza, pero crece también el número de trabajadores que no pueden pagar las facturas (y la luz y el butano más caros que nunca). Dicen CCOO y la Universitat Autónoma de Barcelona, en otro informe demasiado duro para publicarse en julio, que la mitad de los que trabajan declaran estar desbordados por la carga laboral, y que lo pagan con su salud física y mental. La precariedad y la inseguridad laboral enferman a la clase obrera, y más a las mujeres. Peligra la salud mental del 75% de las cajeras y reponedoras, del 72% de ayudantes de cocina, del 70% de las auxiliares de enfermería. De la mayoría de gente que no teletrabaja. De la primera línea con los peores sueldos. Aguantan con ansiolíticos.

El último metro y los autobuses nocturnos en días laborables son el mejor sitio para descubrir como mal-vive la gente. Para que acabes notando tanto cansancio y resignación concentrados. El N-2 por ejemplo. El N-2 que va de Badalona a L’Hospitalet siempre recoge a los que se le alargó la cena o la fiesta, y a los curritos con los peores horarios. Aunque todos miren el móvil, se distinguen por el color de la piel y los gestos de agotamiento. Y por las conversaciones. Las chicas vestidas de blanco que salen de algún hospital privado con la credencial puesta y se quejan de una supervisora. Los chicos que aún huelen a freidora y maldicen la falta de manos en la cocina de un restaurante, un restaurante que volvió a llenarse de los que sí pueden hacer vacaciones. Del miedo a caer no se desconecta. Desconectar también es un lujo.