Apuesta cultural

Eliza Doolittle en el Liceu

Con ‘My Fair Lady’ ha entrado en el coliseo catalán un público nuevo que hay que fidelizar

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Un momento de la representacion de ’My fair lady’ en el Liceu

Un momento de la representacion de ’My fair lady’ en el Liceu / Martí Fradera

En 1912 George Bernard Shaw escribe 'Pygmalión', su mayor éxito teatral, y decide que Eliza Doolittle, la protagonista, una vendedora de violetas tan escasa de lenguaje como de patrimonio, se resguarde de la lluvia “under the portico of Saint Paul’s Church”, en el corazón de Covent Garden y a tiro de piedra de la popular Royal Opera House. 

Años después, en 1957, el poeta Joan Oliver traduce la función al catalán, coloca la acción en Barcelona y le parece oportuno que la tal florista se proteja del aguacero en “l’atri del Palau de la Música Catalana, carrer de Sant Pere més Alt”. 

Cuando en 1997 Xavier Bru de Sala revisa y reescribe esa versión de Oliver para Dagoll Dagom, desplaza de nuevo a Eliza y la sitúa “sota la marquesina del Liceu”, es decir, en plenas Ramblas y a la puerta del mayor coliseo lírico de la ciudad. En la puerta, pero sin llegar a entrar. En ninguna de las tres ocasiones, pues, la florista llega a cruzar el dintel del portalón que la cobija.

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No ha sido hasta la pasada semana que a Eliza se le han abierto por fin las puertas del Gran Teatre del Liceu y ha podido acceder a su interior. Decidida, pisando fuerte, sin dejarse apabullar por el boato de alfombras, lámparas y terciopelos, la florista se ha dirigido directamente al escenario y allí se ha convertido -suma de música y palabra, transfiguración inmediata- en 'My Fair Lady'.

Del éxito de esas representaciones ya han dado cuenta la crítica y el público. A mí me cabe destacar ahora que de la mano de Eliza Dolittle haya hecho también su entrada en el teatro Frederick Loewe, un compositor a la altura de quienes, como George Gershwin, Kurt Weill y Leonard Bernstein, lo habían hecho ya con anterioridad ('Porgy and Bess', 'Street Scene' y 'Candide', respectivamente). Y celebrar que con el personaje y su entorno haya entrado también un público no habitual, un público curioso y alerta a lo más reciente y a lo más clásico del teatro musical, unos nuevos espectadores a los que es preciso fidelizar con títulos apropiados y con una política de precios adecuada, generosa y acorde a las circunstancias. 

En el verano de 2014 el Liceu se abrió, de manera excepcional, a varias representaciones de 'Los Miserables'. No hace falta, creo, acudir al señuelo de esos megamusicales. Baste quizás con una presencia regular de títulos imprescindibles. Pienso en 'Show Boat', de Jerome Kern, por ejemplo. En 'South Pacific', de Richard Rodgers. O en 'Kiss me, Kate', de Cole Porter. Pero pienso, sobre todo, en 'Sweeney Todd', de Sondheim. Un musical que hoy programan la mayoría de teatros de ópera, gracias sobre todo -maestro Sondheim aparte-, a la creación que el reputado barítono Bryn Terfel hace del personaje protagonista. 

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El barbero demoniaco tuvo ya establecimiento en las Ramblas hace años, en la misma acera del Liceu, unos metros más arriba. ¿Por qué no brindarle ahora un nuevo escenario y unos cuantos nuevos afeitados? 

Feliz verano. Y hablamos de ello a la vuelta, una vez llegado septiembre.