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Crónicas del exilio en cala Montgó

Las medidas que se han tomado contra la pandemia, así como la elección de los máximos responsables de Salut, habrían sido los adecuados, de no ser por los contagiados

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Josep Maria Argimon, en el Parlament.

Josep Maria Argimon, en el Parlament. / ACN / GUILLEM ROSET

He empezado mi exilio en cala Montgó, que sabido es que los catalanes, a estar una temporada rascándonos las... estooo... la barriga, le llamamos exilio. Hasta aquí me ha llegado la noticia de que por fin el mundo entero nos mira. La mitad lo hace con estupor y la otra mitad para no acercarse a Catalunya ni hartos de vino, pero la cuestión es que nos mira todo el mundo gracias a nuestros índices de contagio de covid. Si alguien merecía estar al frente el ránking de las regiones con más covid, esa era Catalunya.

-¡Exijo una rectificación! Somos una nación. ¡Con covid hasta arriba, pero nación!

Señor Aragonès, eso ya lo dijo la semana pasada, al hablar de índice de corrupción. Hoy celebramos que, región o nación, Catalunya ha conseguido liderar otra clasificación, que sepa el mundo que los catalanes no solo somos expertos en de corrupción, sino que a la hora de conseguir propagar virus, tampoco tenemos rival.

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De una región -o nación- que ha tenido como responsables de su sanidad a Vergés y a Argimon, bajo las presidencias de Presidentorra y Presidentaragonès, tal éxito era esperable. El mismo día que un grupo de abueletes protestaba frente al Liceo porque allí iba a hablar Pedro Sánchez, yo me dirigía a las Ramblas y tropecé con una manifestación de sanitarios catalanes que protestaban por los recortes que padecen en personal y en medios, y por las condiciones precarias con las que tienen que trabajar. Aquellos pobres sanitarios estaban predicando en el desierto, por lo menos en un desierto intelectual, puesto que lo hacían en la plaza de San Jaume. Nadie quería saber nada de ellos, ni los que pocos metros más allá gritaban, ni los que gestionan los recursos, porque unos y otros solo tienen en mente quejarse de la opresión del Estado español. Si por lo menos aquellos médicos se hubieran puesto un lacito amarillo sobre la bata blanca, tal vez algún reportero despistado de TV-3 se habría interesado por ellos. Pero así, simplemente reclamando mejores condiciones con las que velar por la salud de los ciudadanos, ¿a quienes pretenden importar?

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Mi teoría es que en Catalunya hemos tenido siempre gobernantes inútiles, pero como los útiles tampoco nos hacían falta, íbamos tirando. Cuando hemos necesitado políticos de verdad, gobernantes preparados, hemos mirado hacia arriba y hemos visto que no había nadie al timón. Afortunadamente, nada tan fácil como gobernar a los catalanes: cuando las cosas van bien, es gracias a los que gobiernan, y cuando van mal, es culpa de la irresponsabilidad de los ciudadanos. Este método vale igual para la pandemia que para la republiqueta.

Valentí Puig empieza su dietario 'Dioses de época' citando la queja de un general británico en la guerra de Crimea: «Los servicios médicos habrían sido los adecuados, de no ser por los heridos». En Catalunya sucede lo mismo: las medidas que se han tomado contra la pandemia, así como la elección de los máximos responsables de Salut, habrían sido los adecuados, de no haber sido por los contagiados. Y si eso falla, nos repiten aquello de que «es una situación nueva que nadie sabía cómo afrontar», cuando precisamente lo que esperamos de los gobernantes es que hagan frente a situaciones nuevas e inesperadas. Para hacer frente a situaciones conocidas, que todo el mundo sabe cómo solucionar, no nos hacen falta elecciones, es suficiente con sustituir a todo el ‘governet’ por un gorila disecado. Por cierto, estamos todavía a tiempo.