Cómplices de la violencia Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El silencio de los justos

Negar a la víctima, excusar al agresor. Nunca se detiene la máquina de justificarse de quienes se creen normales y hegemónicos

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Naim Darrechi.

Naim Darrechi. / ARCHIVO

¿Hay un repunte de los crímenes de odio? Pues muy probablemente, sí: este año se han incrementado las denuncias por crímenes homofóbicos, durante el confinamiento se batió el récord de llamadas al teléfono de atención a las víctimas de violencia de género, y el racismo, que nunca se fue, sigue encabezando la lista de las agresiones. Y al mismo tiempo estas cifras chocan ahora doblemente, como si fueran una novedad, porque hay una proporción de la población, no victimaria pero tampoco víctima, que ha vivido más cómoda fingiendo que esta violencia era anecdótica

Igual que ocurrió con el #metoo, que ha ocurrido cuando han comenzado a hablar las víctimas del 'bullying', o de los abusos sexuales en los colegios, o del acoso en internet o por mil discriminaciones, la primera reacción de estos bienpensantes cómplices es, en primera instancia, negar el dolor (“te habrás imaginado que se metía contigo”) y, si eso no puede ser, difuminar responsabilidades (“lo hizo porque estaba drogado”, “se habría peleado con la novia”) o, incluso, culpar a la víctima (el clásico, “las visten como putas”, pero también “estaba en una zona de cruising”). Ha pasado con el horrible ataque, homofóbico a ojos de todos cuantos no quieran estar ciegos, a Samuel Luíz, y ha pasado, en sentido opuesto, con el tiktokero Naim Darrechi, que ha alardeado impune ante las cámaras de eyacular sin permiso dentro de sus parejas. Negar a la víctima, excusar al agresor. Porque nunca se detiene la máquina de justificarse de quienes se creen normales y hegemónicos, de los hijos e hijas sanas de un sistema que ni se ve, ni se nota porque no necesita llamar la atención. Suficiente tiene con estar ahí, impregnándolo todo, sin comprender días del orgullo, 8Ms o manifestaciones y huelgas, porque la calle y la vida son suyas.

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Los cómplices encuentran en ella un refugio, y saben que los salva de ser víctimas potenciales. Y, sobre todo, les impide pensar que ellos mismos pueden ser los verdugos, sin darse cuenta de que sus excusas retratan su culpabilidad.