Antonio Franco
Las mentirijillas de este verano
No descarten que Sánchez y su corazón de hielo haya querido hacer una simple demostración del poder casi absoluto que cree administrar y de la independencia personal frente al entorno que creía condicionarle

Foto de familia del Gobierno de Pedro Sánchez con los nuevos ministros / DAVID CASTRO
Aunque Pedro Sánchez ha ido con mucho cuidado y ha estado prácticamente hermético respecto a sus movimientos de las dos últimas semanas, hemos tenido mil y una interpretaciones públicas ajenas sobre sus motivaciones y objetivos. Ningún observador de la política interior española ha dejado de hacer lecturas como si fuesen grandes enterados. Barajando tres o cuatro datos, siempre los mismos, con el supuesto pero probable desgaste psicológico y funcional de la larga e irregular batalla contra el covid por delante. Pero, asimismo, a partir de los forcejeos en la distribución de competencias entre la Administración central y las autonomías (a causa de nuestro inacabado modelo territorial), del duro viaje hacia una comprensión bastante generalizada de la conveniencia política de los indultos en las esferas ajenas al PP y Vox, y de las causas profundas de la impresionante victoria simplista de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones madrileñas.
Pese al profundo desconocimiento de los objetivos de Sánchez se han hecho todo tipo de teorías presuntuosas para interpretar lo que ha pasado delante de nuestros ojos, sin que supiésemos ver otras claves quizá más sencillas. No descarten, por ejemplo, que Sánchez y su corazón de hielo haya querido hacer una simple demostración del poder casi absoluto que cree administrar y de la independencia personal frente al entorno que creía condicionarle. O una rectificación matizada de sus propias relaciones con el partido que le respalda, cuando ha ahuyentado la posibilidad de que se le haga sombra desde Andalucía o desde los abuelos opinantes felipistas, que se creen todavía en el siglo XIX. O una descompresión quirúrgica de la malsana obsesión psicológica nacional por la relación con Catalunya o de la influencia infinita que atribuye la derecha al apoyo parlamentario que recibe de un sector de los independentistas...
Es una situación que recuerda al son cubano que decía "y en esas el comandante mandó parar". Independientemente de que tal vez guarde en la alacena, de cara al futuro, a tipos tan apreciados por la izquierda de este país como José Luis Ábalos, una vez ha conseguido liberarse del marcaje de Pablo Iglesias, lo más significativo de esta crisis de julio es lo nimio y pobretón que ha quedado, agarrado a una brocha sin pintura, su ni siquiera enemigo Pablo Casado. El ni siquiera se sabe si con parámetros de conservador, que nunca propone nada, que solo pide la tontería de que convoque voluntariamente elecciones y se vaya, una vez desbordado por la señora Ayuso, se ha convertido en la oposición más ridícula de la media docena de países serios de la Unión Europea. Su tozudez por degradar la situación democrática bloqueando porque sí, en rabieta, la renovación de órganos constitucionales sobre los que las urnas ya han dictaminado que no concuerdan con lo que quieren actualmente los españoles, le convierte en poco menos que en el Orbán húngaro de nuestra zona comunitaria.
Antes, las mentirijillas del verano se hacían sobre supuestos fichajes que nos traería el fútbol. Lo de ahora, especulaciones sobre lo que pasa dentro de la cabeza de un hombre tan hermético como Sánchez, vale tan poco como aquello. Al tiempo.
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