Fútbol Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Prórroga y penaltis

Un penalti decisivo es como un monólogo de Shakespeare: no todo el mundo está preparado para convertir el drama en una actuación memorable, pero cuando ocurre es maravilloso

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Imágenes del penalti tirado por Panenka y que dió  la victoria a Checoslovaquia en la final de la Eurocopa de fútbol de 1976 contra la selección de Alemania Federal. / YOUTUBE

Días de fútbol entre selecciones, que invitan a calibrar las pasiones y decidir si te gusta el fútbol o sólo tu equipo. Lo digo porque España cayó en las semifinales, con un buen juego, mientras asistíamos al desconcierto del centralismo blanco: ¿cómo se puede animar a una selección sin nadie del Real Madrid? En este contexto, mañana se juegan las finales de la Eurocopa y de la Copa América y, como vivimos tiempos extremos, hasta ahora un montón de partidos han acabado con prórroga y penaltis. Eso sí que es llevar el fútbol a otra dimensión. En la prórroga todo va más al límite: los hay que se hunden y los hay que destacan. Los penaltis, si hacen falta, son un espectáculo individual en un juego colectivo, allí donde el azar se cruza con la personalidad del futbolista —lanzador o, sobre todo, portero— y acaba creando ídolos y monstruos. Un penalti decisivo es como un monólogo de Shakespeare: no todo el mundo está preparado para convertir el drama en una actuación memorable, pero cuando ocurre es maravilloso.

El gran ejemplo de esta gloria efímera y a la vez eterna surgió en la final de la Eurocopa de 1976, entre Alemania Federal y Checoslovaquia. Empate a dos, prórroga, penaltis, y un jugador checo que debe patear el decisivo: Antonin Panenka. Y entonces Panenka hace aquello: toma impulso como si fuese a chutar muy fuerte, pero toca el balón flojito, flojito, algo elevado por el centro de la portería, y es gol. Es el antipenalti, el penalti irónico. Campeones de Europa. De Panenka recordamos eso y poco más, pero es un momento eureka, que define la sorpresa y la esencia imprevisible del juego.

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Se entiende, pues, que hace diez años, cuando unos apasionados decidieron escribir y publicar una revista de fútbol, le pusieran Panenka. Una excentricidad perfectamente normal. Desde entonces, cada mes nos enseñan que las metáforas del fútbol también cuentan la vida, que por debajo de las estrellas hay una clase media del balón, y que su dimensión social, cultural y política a menudo sobrepasa al deporte. Con ellos hemos aprendido a leer (y a ver) el fútbol de otra forma, a amarlo a través de la imaginación. Larga vida a los Panenkas del mundo.

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