Huidas literarias

Sin tiempo para el adiós

Así se titula el libro de Mercedes Monmany sobre las peripecias de notables escritores que huyeron de la Alemania nazi, uno de los más interesantes de la última década

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El escritor Vladimir Nabokov.

El escritor Vladimir Nabokov. / ARCHIVO

Hermann Broch estudió la masificación de la identidad en el nazismo de un modo que todavía es relevante, analizando los delirios identitarios en oposición a los valores humanistas aniquilados en su época por la locura colectiva. El autor de ‘La muerte de Virgilio’ se exilió en Estados Unidos cuando ya se veía la evolución de Alemania hacia la catástrofe y se convirtió del judaísmo al catolicismo, aunque nunca llegó a ser un católico de verdad.

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Broch es uno de los intelectuales que Mercedes Monmany retrata en ‘Sin tiempo para el adiós’, que reúne las dramáticas peripecias de notables escritores, en gran parte judíos y alemanes o periféricos de Alemania, que de un día para otro se apresuraron a hacer las maletas. Representan el final de una civilización que el posmodernismo se encargó de enterrar, poniendo fin al humanismo, acabando con el concepto de la verdad y creando en su lugar una verdad virtual que nada tiene que ver con la de nuestros abuelos.

‘Sin tiempo para el adiós’ es uno de los libros más interesantes de la última década, un canto trágico a una Europa que tantas veces ha sucumbido para resucitar de sus cenizas. Se publica cuando el continente experimenta convulsiones identitarias que ensombrecen su futuro y marcan a quienes piensan de otra manera, de forma parecida a como ocurrió en los años 30. No tardaremos en ver si estos delirios característicos de una regresión de los valores humanistas conducen a Europa a una nueva perdición.

El 10 de mayo de 1933 se quemaron públicamente libros de “autores degenerados” con la intención de acabar con el “pensamiento judío, comunista, socialdemócrata y liberal”, un suceso que disparó el éxodo de intelectuales. Algunos eligieron un exilio interior, pero a partir de esa fecha muchos escritores pusieron tierra y agua por medio. Vladimir Nabokov se adaptó al exilio mientras que otros como Stefan Zweig, que se suicidó en Brasil al día siguiente de enviar a su editor sus formidables memorias-testamento ‘El mundo de ayer’, vivieron una vida errática o fantasma allá donde fueron.

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Mercedes Monmany ha estudiado durante décadas la literatura centroeuropea de la época y su libro muestra una capacidad de descripción y análisis excepcional. No es solo un libro literario, sino que también es filosófico, proyectando la tragedia de un numeroso grupo de personas sobresalientes cuya existencia tomó derroteros inesperados. Ahora volvemos a encontrarnos con un continente preso de irritabilidad y fuertes conatos de odio, con un agotamiento que también señala el fin de una época. Pero ¿cómo es posible desintoxicar a una sociedad que en gran parte se recrea en sentimientos y emociones arcaicas e irracionales cada día más identitarias?

Uno de los personajes centrales es Thomas Mann, que aunque no era judío se casó con una mujer que sí lo era, y denunció el nacionalismo como una idea separada de la realidad. Escribió: “Hace tiempo que lo nacional se ha convertido en algo provinciano”. Durante varios años Mann se resistió a ver lo que estaba sucediendo en Alemania, pero a partir de 1936 adoptó una posición crítica, se exilió en Estados Unidos y tomó la nacionalidad estadounidense. Luego, con la caza de brujas de la posguerra, vio que Estados Unidos no era un buen lugar y regresó a Europa, pero no a Alemania sino a Suiza. Continuó pidiendo a su país que abjurara “de ese hostil y pecaminoso complejo de superioridad” que caracteriza a los nacionalismos, y que Mann calificó de “enfermedad nacional” que condujo a Alemania a la “ruina más total”.