A propósito de un tuit

El vendedor de pistachos

Sostener que Puigneró no sabe escribir en castellano, es hacerle un favor, ya que lo más probable es que no sepa escribir, y punto

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Jordi Puigneró.

Jordi Puigneró. / Aina Martí (ACN)

Se ve que el vicepresidente del ‘governet’, Jordi Puigneró es su gracia, intentó comunicar algo en castellano. Digo “intentó”, porque entre las faltas de ortografía que fue capaz de perpetrar en las cuatro líneas del tuit, y la ausencia de criterio al colocar signos de puntuación, lo dejó en eso, en un intento de comunicar quién sabe qué. Hay quien aventura –enigmistas, criptógrafos, gente de esa ralea– que el vicepresidente pretendía comparar las colonias de Norteamérica en el siglo XVII con la Catalunya actual. Vete a saber, igual sí, puesto que lo escribió el 4 de julio, pero ello equivaldría a suponer que sabe algo de historia, cosa harto improbable.

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Sostener que Puigneró, mitad Puigdemont mitad Nerón, o sea, mitad incendiario de Catalunya mitad de Roma, no sabe escribir en castellano, es hacerle un favor, ya que lo más probable es que no sepa escribir, y punto. Ahora bien, el analfabetismo, que en otras latitudes incapacita a cualquiera para ocupar cargo público, en Catalunya es un plus, como nos demuestra la historia más reciente. Cuanto más analfabeto es alguien, más alto puede llegar en el escalafón del ‘governet’. Puigneró ha llegado a toda una vicepresidencia, así que debe de ir sobrado de méritos en tal sentido, pero por si acaso hay dudas, publica un tuit y las desvanece en tan solo 140 caracteres. O en los que sea que tiene un tuit, da igual, si no sabe escribir tampoco va a saber contar, o no llegaría donde ha llegado.

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La ortografía es fascista, y la castellana doblemente, por ortografía y por castellana. Si convocásemos un referéndum, seguramente ganarían quienes votan por no acentuar palabra alguna ni poner jamás signos de puntuación. No nos entenderíamos, pero si el mandato popular así lo quiere, quién somos nosotros para negárselo. Tanto intentar descubrir dónde estaba la opresión de los catalanes, y la teníamos delante de las narices: en las reglas de ortografía.

Hasta ahora, Puigneró no pasaba de ser el tío aquel que sale en la tele y parece un iraní vendedor de pistachos por las calles de Teherán. No sería de extrañar que con su analfabetismo rampante, se haya postulado sin saberlo –qué va a saber, el pobrecito– a la presidencia de la Generalitat en un futuro. El balón está ahora en el tejado de Aragonès, que tiene que demostrar ser más inútil todavía que su segundo, si no quiere que el lacismo pida su dimisión.