Comunicación y conflictos

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La especialista en comunicación política Verónica Fumanal nos da las claves de las negociaciones del ’procés’ tras los indultos / VERÓNICA FUMANAL

Los indultos ya son un hecho, los líderes encarcelados son libres, aunque tienen limitados sus derechos políticos mediante la inhabilitación. El principal argumento del Gobierno para otorgarlos fue la concordia, la necesidad de pasar página de los hechos que partieron a una sociedad en dos, a saber la catalana, pero también, la del conjunto de España. Sin embargo, la oposición no comparte ni la medida de gracia, que asegura que no la hubiera dado, ni el argumento bajo el cual se otorgan, porque consideran que los ex-presos lo volverán a hacer y para afirmarlo se apoyan en las palabras de los líderes independentistas recién liberados. Los líderes políticos de 'procés' fueron juzgados por sus hechos, no por sus palabras. Vivimos en una democracia donde la libertad de expresión es un valor fundamental; sin embargo, las palabras sí son muy importantes en política, conforman realidades, tienen la capacidad de influir y son la única arma para resolver conflictos por la vía pacífica. Pero en los procesos de resolución de conflictos también adquieren otra dimensión.

"Nunca jamas", este fue el titular de cuento con el que el presidente Sánchez quiso solemnizar el límite del diálogo con los independentistas. El referéndum de autodeterminación está fuera de la Constitución y, por lo tanto, de la negociación. Palabras vacías para el diputado Rufián, que apoyándose en la hemeroteca del presidente le recordaba que ya había negado los indultos recién concedidos. Un revés aplaudido por un PP que insiste en una estrategia de desgaste a la credibilidad del presidente con constantes alusiones a la falta de valor de su palabra, sobre todo, en lo relacionado con Catalunya. Y es que el valor de la palabra, también llamado credibilidad, es un atributo fundamental en política muy difícil de construir en la oposición y de mantener en el Gobierno.

Los independentistas, por su parte, también han tirado de palabras para intentar convencer a los suyos, especialmente a los más radicales, de que el hecho de sentarse a una mesa de negociación no significa dejar de aspirar a las mayores metas para el movimiento, alcanzar la independencia. Contundente fue Pere Aragonès, que siguiendo la estrategia de los últimos presidentes de hablar solo por la parte independentista de Catalunya, afirmó que sus objetivos eran la amnistía y el referéndum. Palabras que más que convencer a los propios, que siguen recelosos, confirmaban a aquellos que se niegan a que parte de la vía hacia un entendimiento pase por el intercambio de palabras, conocido como diálogo. Y es que hablar para algunos ya es una cesión y humillación de la gran nación española.

Realidad distinta

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Y hasta aquí las palabras, la retórica, los discursos, los titulares, ahora veamos los hechos. Desde que los presos salieron de la cárcel, Pere Aragonès ha mantenido la tradicional reunión en Moncloa con Sánchez y se ha sentado con Felipe VI en la mesa de inauguración del MWC. Estos hechos, que para algunos serán absolutamente insuficientes, dibujan una realidad radicalmente distinta de la etapa anterior, llamada normalidad institucional. Y coincidirán conmigo en que los tiempos que nos han tocado vivir (pandémicos y políticos) la normalidad se impone como una excepción de lo más apetecible y deseable. Siguiendo con los hechos, la oposición está absolutamente dividida en cuanto a la estrategia. Ni fotos conjuntas en Colón, ni moción de censura al presidente; el PP está más acorralado por Abascal y Arrimadas que por la presión de tener que tener una alternativa para Catalunya, más que nada porque no parece que en el corto vaya a tener responsabilidad alguna de gobierno o un papel relevante entre los actores protagonistas.

Las palabras y los hechos, y hay que reconocer que los protagonistas de la negociación, de momento, están optando por una vía disociativa en la que lo que dicen y lo que hacen tiene poco que ver. Muchos verán aquí la traición a su palabra, a sus principios, una falta de coherencia que se pagará en las urnas. Sin embargo, merece la pena apuntar que en los procesos de diálogo en los conflictos la palabra y los hechos siempre van por caminos divergentes. Porque los hechos van encaminados a contribuir a un acercamiento, mientras que las palabras están orientadas a convencer a los tuyos de que tus objetivos maximalistas siguen siendo los rectores de la negociación. Los líderes excarcelados fueron juzgados por sus hechos, no por sus palabras; los nuevos actores en esta fase post 'procés', lo serán por lo mismo también.