Los oficios

Un matrimonio de conveniencia

La falta de oportunidades y los sueldos migrados han aturdido las vocaciones de los jóvenes, sobresale hacer un trabajo por necesidad

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Gel hidroalcohólico en un aula de instituto.

Gel hidroalcohólico en un aula de instituto. / Manu Mitru

Mi peluquero, de 27 años y con los brazos llenos de tatuajes, habla mientras me corta el pelo. Se trata de matar el silencio y nos salen los temas más banales. ¿Te gusta este trabajo?, le pregunto. Me responde desde el espejo con una mueca que parece de indiferencia, ni sí ni no, pero me dice que se gana la vida. Tiene un piso alquilado y vive solo, le gusta la fotografía. Hace fotos a sus amigas para colgarlas en Instagram, así como de estilismo y tal. Ellas le dicen que lo hace muy bien y a veces piensa que podría dedicarse profesionalmente. Nos callamos un instante y entonces me dice que también ha pensado en hacerse diseñador de videojuegos. Ya sabe que es superdiferente, pero le gustan mucho y tiene buenas ideas. Solo tendría que hacer un cursillo y ya está.

Ese titubeo despreocupado me hace pensar en una noticia de hace un par de semanas. Se habían celebrado las PAP —las pruebas de aptitud personal para los jóvenes que van a estudiar para maestros de educación infantil o primaria— y prácticamente la mitad de los aspirantes no las superó. Los organizadores lo atribuyen, en parte, al confinamiento del covid-19, que ha aislado a los estudiantes, y al hecho de que se haya rebajado el nivel de exigencia para aprobar en los institutos. Pero solo en parte. Lo que les preocupa es la tendencia creciente de los últimos años, que muestra problemas en aspectos como la comunicación, el razonamiento crítico o la lógica, aunque también admiten que es difícil evaluar rasgos emocionales sin una entrevista personal.

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Quizás solo es un síntoma y debe tomarse con prevención, pero tras la dificultad para superar las pruebas está la crisis de las vocaciones. Es posible que esa inclinación natural a hacer algo, un oficio elegido, haya perdido fuerza en nuestra sociedad. Las vocaciones —de maestro, de pastelero, de abogada, de enfermera, de guarda forestal— a menudo están ligadas a la biografía familiar y la experiencia personal, pero no es suficiente. Podemos decir que la vocación nace de una voluntad de servicio o, como Aristóteles, podemos decir que surge en el punto en el que confluyen el talento personal y las necesidades del mundo.

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Sin talento, la vocación solo trae frustración, pero nuestro presente adolece de otro mal. La falta de oportunidades y los sueldos migrados han aturdido las vocaciones de los jóvenes, y más bien sobresalen los matrimonios de conveniencia: hago un trabajo por necesidad y con el tiempo ya me gustará (no siempre ocurre). Estar bien preparado deviene secundario, incluso para los empresarios, que aceptan el riesgo de contratar mano de obra no preparada porque se pueden deshacer de ella sin muchos costes.

No hay que descartar, tampoco, que una de las causas sea la inercia con que todo funciona —es un decir—. Empezando por la administración pública española, desde sus más altos estamentos: durante décadas nos han acostumbrado a un nivel de lentitud, dejadez y arbitrariedad que son lo contrario del espíritu vocacional y el talento. Ante esa falsa normalidad, quizás el único antídoto sea el escepticismo.

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