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Las cuentas y los cuentos

Andreu Mas-Colell, ese hombre con pinta de sabio despistado a quien reclaman casi 3 millones ha contribuido, como de pasada, a poner en tela de juicio el Tribunal de Cuentas, un organismo fiscalizador apenas fiscalizado

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Andreu Mas-Colell, en el Parlament, en una foto de archivo.

Andreu Mas-Colell, en el Parlament, en una foto de archivo. / ELISENDA PONS

Hubo un tiempo en que lo poco que sabíamos del Tribunal de Cuentas era que tiraba levemente de las orejas a los gobiernos por algunas minucias contables años después de acabado el ejercicio. La información se acompañaba de un lamento por el retraso y los miembros del organismo aducían falta de medios y poco interés por su trabajo por quienes eran controlados. Las razones sonaban a obvias. Y aquí acababa el recordatorio de su existencia hasta la siguiente ocasión.

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Esto no significaba que los grandes partidos políticos no se beneficiaran de tanta pasividad. Se demostró con la ‘trama Gürtel’. Cuatro años después de haber estallado y a las puertas de prescribir los potenciales delitos, el tribunal todavía no había presentado las cuentas del PP de aquel período, que podían ser relevantes para la justicia ordinaria investigadora del caso. Era el mismo PP que ahora clama contra Pedro Sánchez porque dice que intenta tomar el control de la institución para rebajar la condena a cargos políticos catalanes de tiempos de Mas y Puigdemont, acusados de desviar dinero público para promocionar el ‘procés’ por el mundo. Les reclaman 5,4 millones. Ante supuesta afrenta, el Tribunal publica un comunicado aduciendo que sus miembros son independientes e inamovibles. Por esto Pablo Casado sale en defensa de algunos eximios apellidos vinculados a sus filas advirtiendo que bloqueará su relevo a pesar de finalizar mandato este verano. Y aunque el organismo no forma parte del organigrama jurisdiccional por depender del legislativo para mayor confusión por su nombre, sí que su provisionalidad puede asemejarle al gobierno de los jueces cuyos consejeros lucen en sus espaldas una fecha de caducidad que, de ser alimento, nadie osaría consumirlo a riesgo de intoxicación.

A pesar del precedente del 9-N por el que el mismo ente embargó por valor de otros 5,9 millones, en este caso la chispa saltó en inglés. La prendía Alex Mas, profesor de la Universidad de Princeton que, haciendo una excepción, hablaba de un asunto familiar. A su padre le podían quitar todos sus bienes, incluso la pensión, por haber formado parte durante seis años del Gobierno catalán que debía ser de los mejores. Y así fue como Andreu Mas-Colell (Barcelona 29 de junio de 1944) se quedó con aquel prestigio casi en exclusiva porque así lo afirmaba su currículum, y así pasó a enfrentarse al gran reto de plantarle cara a la galopante crisis financiera que Rodríguez Zapatero todavía se negaba a aceptar.  

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Solo soy uno de 40, ha dicho tímidamente el padre cuando se le ha preguntado por la denuncia divulgada por el hijo. Pero lo cierto es que ha sido su dimensión internacional la que ha provocado que más de 30 premios Nobel, con Joseph Stiglitz a la cabeza, se hayan solidarizado con él, haciendo notar lo afortunada que fue España porque una figura de la talla de Mas-Colell se dedicara al servicio público.

Fue cuando, a su regreso de Havard, Berkley y Minnesota, donde se doctoró, aceptó ser ‘conseller’ de Universitats con Pujol. Siete años después, de Economia con Mas. Dinamizador de iniciativas públicas y potenciador de relacionarlas con otras privadas, este hombre con pinta de sabio despistado a quien reclaman casi 3 millones ha contribuido, como de pasada, a poner en tela de juicio un organismo fiscalizador apenas fiscalizado.