Reunión en la Moncloa

El respiro

No vislumbro avances de fondo, estructurales, en los dos años por delante de la mesa de diálogo

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El presidente del Gobierno, Pedro Sànchez, recibe al ’president’ de la Generalitat, Pere Aragonès, en el palacio de la Moncloa.

El presidente del Gobierno, Pedro Sànchez, recibe al ’president’ de la Generalitat, Pere Aragonès, en el palacio de la Moncloa. / DAVID CASTRO

Esta vez, sí. Esta vez la coreografía ha estado bien diseñada -también en sus detalles- y perfectamente ejecutada. Primer movimiento: indultos. Segundo: reunión en la Moncloa. El tercero llegará en septiembre: reinicio de la mesa de diálogo entre gobiernos. Obispos, empresarios, sindicatos, prensa internacional y cancillerías europeas han saludado la iniciativa de Pedro Sánchez. Clamoroso fuera de juego del PP, que ha quedado sumido en un estado entre el desasosiego y la melancolía. Pablo Casado maldice y, cuando el presidente del Gobierno español compareció en el Liceo, habló de “platea subvencionada”. Amenaza agria, torva la mirada, Aznar: “Son días para apuntar y no olvidar”.

Se ha dicho y repetido muchísimas veces estos días: se ha producido un cambio de rasante, se respira otro clima. El punto de inflexión fue el texto de Oriol Junqueras descartando la unilateralidad y aceptando los indultos. La coreografía ha estado, como decíamos, bien diseñada y perfectamente ejecutada. 

Sin embargo, el independentismo de todo pelaje y condición no debe olvidar un hecho evidente, elemental, que naturalmente hoy ni a los de un lado de la mesa ni a los del otro les gusta ni conviene recordar: el diálogo, la negociación, llámese como se quiera, es entre el vencedor (el Estado) y el vencido (el independentismo catalán). Por supuesto, me refiero al choque de octubre de 2017. La relación de fuerzas resulta hoy a todas luces favorable al Gobierno español.

Por si fuera poco, cual judoka, Sánchez puede aprovechar a su favor y con razonable facilidad el empuje de los que están convencidos de que, cuando el enemigo flaquea, lo que hay que hacer es golpearle lo más duro que se pueda. Castigarlo, humillarlo. Entre los que van a oponerse a todo se halla un puñado de poderosos medios de comunicación de Madrid, un tipo de prensa que goza dictándole a la gente cómo pensar y a los políticos cómo actuar.

Unos, el Gobierno de Sánchez, no tienen ningún incentivo para impulsar propuestas de calado. Los otros, Aragonès y ERC, tienen todos los motivos del mundo para el inmovilismo

Luego están esos pocos cientos de familias que copan los puestos de mando en los principales poderes del Estado. Un caso obvio es el del Tribunal Supremo, abiertamente enfrentado al Gobierno de Sánchez y ciegamente beligerante con el independentismo

Otra muestra de exceso represor: el mismo día, este martes, en que se reunían Sánchez y Aragonès, el Tribunal de Cuentas -ente fantasmal secuestrado por el PP- insistía en tratar de arruinar a tantos independentistas como pueda en una maniobra burda y aberrante, impensable en un país medianamente serio. Que un nutrido grupo de premios Nobel se haya movilizado para denunciar internacionalmente lo que le están haciendo a Andreu Mas-Colell les trae perfectamente al pairo a los señores y señoras de este mal llamado tribunal.

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Y, ‘last but not least’, el PP y Vox. Los últimos hacen lo que les dicta su siniestro guion. En cuanto a Casado, sigue dando tumbos. En la cuestión de los indultos creyó que se iba a comer a Sánchez con patatas y ha sido lo contrario. Ora al líder del PP le da pánico que Santiago Abascal le esté arrastrando -como en la plaza de Colón el pasado domingo 13-, ora se arrima tanto a la extrema derecha -caso del boicot al homenaje en el Congreso a las víctimas del terrorismo- que cualquier frontera desaparece. Casado y el PP debieran resolver si su sueño es llegar al poder abrazados al camarada Abascal o hacerlo desde el centroderecha. Mientras tanto, su atoramiento no hace más que engordar a los ultras. 

La mesa de diálogo tiene dos años por delante. Se trata de un auténtico respiro. Más allá de eso, unos, el Gobierno de Sánchez, no tienen ningún incentivo para impulsar propuestas de calado. Los otros, Aragonès y ERC, tienen todos los motivos del mundo para el inmovilismo, es decir, para seguir aferrándose a la amnistía y la autodeterminación, pues temen que toda concesión se convierta en un bumerán en manos de Junts, con quienes mantienen una insomne pendencia por la hegemonía independentista. Además, y como vino a decir Junqueras en una reciente entrevista, mejor el Gobierno de Sánchez que uno del PP. Ojalá me equivoque, pero no vislumbro avances de fondo, estructurales, en estos dos años.