LIBERTAD CONDICIONAL

Las nuevas letras escarlatas

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Ofrenda floral por las niñas Olivia y Anna en el puerto de Santa Cruz de Tenerife.

Ofrenda floral por las niñas Olivia y Anna en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. / Ramón de la Rocha (EFE / Ramón de la Rocha)

Ella trabajaba en un centro de refuerzo pedagógico para niños, él era el padre de dos de sus alumnas, apenas llevaban unos meses juntos. Una tarde, él se pasó a recoger a las niñas y le dejó a ella un fajo de billetes y una carta ambigua, críptica, tan caótica como su personalidad, en la que le decía que les llamara a las 11 de la noche. Así lo hizo ella, y él le explico que se iba con las niñas, que la madre ya lo sabía, que se lo había dicho él. A la mañana siguiente, a primera hora, ella llamó a la madre, pensado que aquella sería una de las muchas idas de olla de Tomás, y descubrió que lo del día anterior no era ninguna broma.

Un mes y pico después apareció el cadáver de una de las niñas. Un periodista publicó que ella lo había sabido todo desde el principio, que él se lo explicaba en la carta. Un medio local publicó su nombre y su foto. La gente dio por hecho que él había pagado por su silencio. En redes sociales, le llenaron el buzón de insultos. El centro educativo empezó a recibir injurias y amenazas, numerosos padres cancelaron la matrícula de sus hijos. Ella vive en una isla, y ya no puede salir de casa.

Una organización financiada con dinero público –150.000 euros el año pasado en subvenciones– me concedió el premio tránsfoba del año, creyendo un rumor que había iniciado una de sus socias. En el acto, la ministra de Igualdad reía y aplaudía mientras me insultaban, arropada por una concejala del ayuntamiento y una diputada de la Asamblea. Durante un año y medio el rumor se hizo gigante: yo era una tránsfoba, una homófoba, una fascista. Mi hija enfermó, yo también. Perdí trabajos. Me denunciaron.

"La gente dio por hecho que Tomás había pagado por su silencio. Ella vive en una isla y ya no puede salir de casa"

La Fiscalía Provincial de Madrid por fin ha emitido un veredicto: «La BPI ha analizado los mensajes y vídeos y concluye que no se han observado expresiones vejatorias, ni mensajes de naturaleza ofensiva, que el lenguaje utilizado no es provocador, que no se observa una estigmatización ni una discriminación del colectivo trans, ni atentado alguno contra su dignidad».

Tanto la una como la otra hemos pasado un infierno. El mío lleva durando más de año y medio. Sigo recibiendo insultos y amenazas a diario.

La ‘A’ de adúltera

'La letra escarlata' de Nathaniel Hawthorne describe los efectos del fanatismo comunitario a través del personaje de Hester, una mujer obligada a llevar prendida en el vestido una letra A (de adultera) que la señala públicamente. Hester acabará ganándose la admiración de pueblo, tras sobrellevar durante siete años, con ejemplar dignidad, la humillación.

 Las comunidades adoran tener un chivo expiatorio, alguien que les sirva de pantalla para proyectar su odio, su ira, su rabia, su frustración. En la novela, la letra escarlata parece otorgar a Hester un sexto sentido, la extraña adquisición de "una percepción muy especial, llena de comprensión por los pecados escondidos en otros corazones".

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¿Encontraré yo ese sexto sentido? Ojalá la desconocida tinerfeña sí lo encuentre y esta experiencia la convierta en una mujer más fuerte, más comprensiva. Y ojalá tantas mujeres que han pasado por la misma experiencia de ser señaladas y simbólicamente lapidadas, por envidia o por miedo, por las hordas de ignorantes, lean este artículo y hoy salgan a la calle con la cabeza bien alta,

Sabiendo que la dignidad se lleva por dentro y que no, que no están solas.