Sin filtro

Como de costumbre

Los ojos buscan curiosos, ya no la mirada cómplice del otro, sino la sonrisa abierta, imprescindible

2
Se lee en minutos
Gente paseando con mascarilla y sin mascarilla en La Rambla de Barcelona.

Gente paseando con mascarilla y sin mascarilla en La Rambla de Barcelona. / Ferran Nadeu (EPC)

Fantástica sensación, la de estrenar un tiempo nuevo. Salgo a la calle y respiro. Tomo aire por la nariz, sin filtro, y lo suelto por la boca, sin barrera. El aire, por fin, libre. A su aire. Empiezo a caminar. Los ojos buscan curiosos, ya no la mirada cómplice del otro, sino la sonrisa abierta, imprescindible. Ligera decepción: la mañana no es tan radiante como esperaba. Y no me refiero al sol, que a esas horas luce tímido todavía. Hablo de las caras con las que me cruzo. Algunas –bastantes más de las que esperaba– visten máscara todavía. Dudo. ¿Me habré equivocado? ¿No será hoy «el día D, hora H»? No he leído, todavía, la prensa de la mañana (a ello que voy, camino del quiosco), pero recuerdo bien las imágenes que vi anoche en televisión: un grupo de gente alborozada celebrando con cava, en plena calle, las doce campanadas, como si de otra Nochevieja se tratara, y lanzando al aire, con el mismo ímpetu, vítores y mascarillas. Me reafirmo, pues, en que es sábado 26 y son las 9 de la mañana. 

Noticias relacionadas

Voy a cruzar la calle y el semáforo me lo prohíbe. Coincido, en la espera que va del rojo al verde, con otras tres personas. Las tres con máscara, todavía. No sé si disculparme o, por el contrario, mirar arrogante. Me limito a sonreír, comprensivo, y a dibujar un finísimo, velado, apenas perceptible, signo de interrogación con el entrecejo. Observo a derecha e izquierda. Calculo rápido: no llegamos al metro y medio de distancia. ¿Qué hago? Me separo del grupo, cuatro pasos hacia atrás, alejándome del bordillo. Un macho alfa que pasea un perro tamaño caballo se para a mi lado. Deportista, me digo. Es, a lo alto y a lo ancho, una portería de fútbol andante. Y lleva mascarilla. No me mira. No le importo. No parece que suceda lo mismo con el perro. Este sí me mira, impertinente. Me olisquea. Y suelta un ladrido que parece un relincho, como hablando por boca de su amo. Creo llegado el momento. Me rindo. Llevo la mano al bolsillo de atrás de mi pantalón y saco la mascarilla. Me la pongo, con la incómoda sensación de quien está claudicando. ¿Será eso lo que llaman «presión ambiente»?

Sucedió así, como lo cuento. Luego, con los periódicos ya en la mano y sentado frente al desayuno en mi terraza habitual, recapacito y me reprendo a mí mismo. Que no sea tan ingenuo, me digo. O tan bobo. Que los cambios nunca son así tan de repente, me digo. Que está la costumbre, claro. La rutina, claro. Y que sigue la desconfianza, claro. Concluyo, pues, que aunque no tardamos ni dos días en llevar (reticentes y a regañadientes, que no se nos olvide) las mascarillas a la cara, tendrán que pasar muchas más horas, días, meses, ¿años?, antes de guardarlas para siempre y andar tranquilos a cara descubierta. ¿Es eso malo? Por supuesto que no. Bastará con acostumbrarse a convivir con ellas. Y a llevarlas siempre encima. Como el móvil, me digo. Como el reloj. Como el bolso o la cartera. Como la inquietud. Como la incertidumbre y el desasosiego. Como la esperanza. Como el miedo.