Editorial

Los estadios como síntoma

El regreso del público, un alivio para los clubs, comparte la condición de símbolo de la normalidad con el levantamiento de la obligatoriedad de la mascarilla

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Messi se dispone a lanzar una falta en un Camp Nou completamente vacío.

Messi se dispone a lanzar una falta en un Camp Nou completamente vacío. / JORDI COTRINA

Si el primer Consejo de Ministros de esta semana fue el que, con la aprobación de los indultos, abría la puerta a reformular la vida política en Catalunya sobre nuevas bases, que no desde cero, el celebrado este jueves compartía la filosofía de hacer llegar a los ciudadanos que estamos en un momento de pasar página, esta vez en otros muchos aspectos de la vida cotidiana y económica del país. Prueba de la importancia del fútbol es que el esperado anuncio de la reapertura de los estadios (y de los pabellones del baloncesto profesional) compartiese los honores de símbolo del regreso a la (casi) normalidad con el levantamiento de la obligatoriedad de usar la mascarilla en la vía pública cuando sea posible mantener la distancia de seguridad. Una coincidencia significativa cuando el calendario de las competiciones deportivas en las que la decisión de abrir las gradas al público sin limitaciones de aforo podría haber permitido perfectamente haber dilatado un tanto más la decisión (faltan casi dos meses para el inicio de la Liga de fútbol). Un poco, pero no mucho más: la situación económica de los clubs requería, de forma acuciante, el regreso del público y la puesta en marcha de las campañas de abonos. Las pérdidas en taquillaje y otros conceptos ligados a la asistencia de público han sumado solo este año 733 millones de euros para los clubs de fútbol profesional (y otros 12 más para los de básquet), que se suman a los de la truncada temporada anterior, hibernada bruscamente en marzo de 2020. La apertura de puertas, con un impacto económico de unos mil millones de euros, era la ayuda (más allá de la subvención de 13 millones de euros para deportes profesionales pero con menos poderío económico) que el fútbol necesitaba para no pasar de una situación de extrema crisis que le ha obligado a un serio ajuste a una de práctica ruina. 

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Pasar bruscamente de la clausura absoluta a la afluencia de público en condiciones de casi normalidad (se deberá usar la mascarilla en pabellones cerrados y, en los estadios abiertos, cuando no sea posible el metro y medio de distancia) puede resultar chocante. En otras actividades que también suponen movilidad y concentraciones humanas en recintos cerrados o semiabiertos hace meses que se ha ido recuperando la presencia del público de forma gradual. En los recintos dedicados a las artes escénicas, cines, museos o centros comerciales ha habido incrementos paulatinos de la ocupación máxima permitida, con avances y retrocesos en función de la evolución de la pandemia. Y sin el doble rasero que, en el caso del deporte, ha diferenciado entre el deporte profesional y aficionado, permitiendo la apertura o no de un mismo recinto en función de la categoría del equipo que competía. Solo la necesidad de mantener la igualdad en la competición justificaba que la competición acabase para todos los clubs en las mismas condiciones en que empezó, sin que los situados en zonas con datos epidemiológicos mas positivos pudiesen beneficiarse en la fase clave de la temporada de jugar con el apoyo del público local.

El regreso del público será general... pero condicionado a lo que puedan decidir cada una de las comunidades autónomas en su territorio. La posibilidad de repuntes en los contagios les permite a cada una de ellas imponer restricciones en caso de necesidad. Y así debería ser, sin que, en caso de llegar a esta situación, la impopularidad de la medida interfiera en ningún caso en la decisión.