Expectativas del presidente del Gobierno

Apoteosis sanchista al ralentí

Con los indultos, Sánchez ha minimizado los daños, lo que equivale a decir que ha salido reforzado después de tomar la decisión más polémica y arriesgada de la legislatura

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Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez. / EUROPA PRESS / M. FERNÁNDEZ

Dentro de la incertidumbre y el malestar generales, no hay político español a quien las cosas le vayan mejor que a Pedro Sánchez. Pablo Casado a la sombra de una Díaz Ayuso que va de la mano de Vox. El incómodo Pablo Iglesias ya fuera de escena, sustituido por líderes más cuerdos. Con los presos catalanes ya excarcelados, al líder socialista solo le falta apaciguar la hostilidad mediática que lo presenta como alguien que va a contracorriente, solo porque es el último dique contra la fuerte ola de derechización.

Hasta hace cuatro días se consideraba que si enfilaba los indultos tras el revolcón en Madrid, el líder socialista sucumbiría a una rebelión en sus propias filas. De entrada así lo pareció, pero la marea inicial, propiciada por el mismo Felipe González y animada por los presidentes autonómicos temerosos de perder el cargo, se disolvió de inmediato como un azucarillo. Lo que distingue a Sánchez por encima de otros políticos es su capacidad de sacar pecho en situaciones adversas. Aunque desde Catalunya pueda no parecerlo, para la mayoría de españoles los indultos equivalen a una claudicación ante el independentismo. Sin embargo, en vez de concederlos tras la pantalla solar del verano ha preparado el terreno y ha conseguido, con el auxilio de Europa, revertir la hostilidad de buena parte de los suyos, neutralizar los anatemas mediante apoyos inesperados y presentarlos como positivos, además de preventivos, de las duras resoluciones judiciales europeas que caerán.

El inquilino de La Moncloa se siente seguro y es consciente de que dispone de un amplísimo margen de maniobra. Tanto en el frente económico y social, como en el territorial

Sánchez ha minimizado los daños, lo que equivale a decir que ha salido reforzado después de tomar la decisión más polémica y arriesgada de la legislatura. No le pertenece por completo, pero a él le corresponderá la medalla de haber desactivado el independentismo como amenaza real. Habiendo superado pues este obstáculo y una vez certificada su autoridad en la federación más influyente del PSOE con la defunción política de la rival que no hace mucho se lo tenía que merendar, Sánchez se dispone a encarar la segunda parte de la legislatura no como un paseo triunfal, apenas vamos saliendo de la pandemia, pero sí como una serie de mejoras que le permitan predicar un futuro optimista y apuntarse el mérito. Por eso confía en una obra de gobierno basada tanto en los equilibrios, no en el rumbo, como en la gestión del tiempo, del tempo, y en su capacidad de negociación, es decir de imposición.

El resultado de las elecciones catalanas, con un descrédito muy significativo de los que aspiraban a proseguir el cóctel de autonomismo sumiso y simulacro de confrontación marca de la casa de Waterloo, abrió el camino de los indultos, que proseguirá con la consolidación de la mayoría parlamentaria y la aprobación de los presupuestos. Por otra parte, Sánchez es la esperanza, la salvaguarda y el único activo en el que invertir para evitar que España abra en el sur un frente negro, similar y simétrico al que encabeza Hungría al este. De aquí que el ‘buen chico español’ reciba un doble ayuda, por un lado económica y, por la otra, en forma de torpedos contra la cúpula judicial que propiciarán el retorno de la normalidad catalana. Más aún que en Italia, la alternancia en España no significaría un simple cambio de Gobierno, sino un vuelco nada deseado y tal vez irreversible.

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Es por todo ello que el inquilino de La Moncloa se siente tan seguro y es tan consciente de que dispone de un amplísimo margen de maniobra. Tanto en el frente económico y social, en el que venderá la recuperación por retazos, como en el territorial, donde ya han comenzado las dilaciones. Y así seguiremos, dilación tras dilación con pequeñas concesiones, hasta las elecciones de finales del 23. Dilación con preparación del terreno por el paso que entonces deberá dar, si está en situación de repetir mandato aunque no las gane. No antes ni en ninguna otra circunstancia hay que esperar cambios en profundidad sino pequeños retoques en positivo, que lucirán más por comparación con los palos recibidos hasta ahora.

Mientras Pedro Sánchez disfruta en la intimidad de su apoteosis al ralentí y los colaboracionistas catalanes se dividen entre dóciles y reticentes, hay dos políticos hispánicos que superan, desde la sombra, los más altos niveles de comodidad. Se llaman Iñigo Urkullu y Andoni Ortuzar, el presidente de su partido. Los vascos, que por contraste con los catalanes, los males de los cuales resonaron casi urbi et orbi, practican sin parar la máxima que dice: "mi bien no requiere ruido". Es por ello que renace el espejismo de la vía vasca, pero harían bien en no creérselo.