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Las gafas doradas de Bob Pop

Su visión del mundo no es fatalista, pero sí cruda; no es herméticamente eufórica, sino cómicamente tierna y rica sin ostentación y rematadamente sabia

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Las gafas doradas de Bob Pop

Uno. Parece evidente, como escribió L. P. Hartley, que “el pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera”. La cuestión es cómo volvemos a ese país, a la provincia de la infancia. Hay quien piensa que el pasado, qué verdes sus valles y qué estéril su nostalgia, es una utopía folclórica, de cuyas fuentes públicas mana tinto de verano con Casera, ajeno a la injusticia y libre de humillación, la luz expropiada a las eléctricas y los niños leyendo a los clásicos antes de aprender a decir patata. Una mirada nacionalista y turística. Otros, como Bob Pop, saben que, pese a sus cosas buenas, puede ser un régimen autoritario mangoneado por un dictador sin cara, de PIB raquítico y complejo de imperio, violento e intolerable, insensible a la diferencia e indiferente a la sensibilidad, un soportal a oscuras donde incluso leer (para tolerar tu propia vida e imaginar otras posibles) es algo casi clandestino, un gesto de disidencia. Una mirada literaria y llena de vida.

Dos. En su serie, 'Maricón perdido', que se ha estrenado ahora en el canal TNT, el abuelo de Bob lo consuela apretándole la rodilla bajo el hule de la mesa de la cocina cuando su padre lo tasa en exactamente una mierda. También le pasa libros, casi de contrabando. Se sienta a los pies de su cama y hablan de novelas, porque hablar de su vida sería aún más complicado (él tiene la nariz ensangrentada), aunque sea eso precisamente lo que hacen. “Quiero un libro que sea bueno y que me guste y que no sea tan triste”, dice Bob, a los 13 años, a esa edad en que incluso cuando piensas que has recogido piedras preciosas bajo el mar subes a la superficie y ves que son trozos de cristal pulido, restos de botellas y piedras sin valor. “Y si uno es bueno, es alegre y no te gusta, entonces qué pasa, pues que igual te pones triste porque no te gusta”, le dice la única persona que quiere entenderlo. El chaval, que se encoge de hombros como nadie, quizás por la carga que lleva, una mochila llena de piedras, le dice que los que le ponen más triste son los protagonizados por alguien diferente que siempre acaba mal. 

El abuelo le contesta que esos libros no tienen razón y la vida de Bob parece el intento feliz (feliz a pesar de todo) de darle la razón a su abuelo. De escribir, con su vida y su obra, mintiendo para decir la verdad, la novela de alguien diferente que acaba bien.

Tres. La bandera del país fundado por Bob es la suma de todos los colores de las coquetas portadas de las ediciones populares de Club Bruguera. En 'Maricón perdido', la cara de su padre es permanentemente escamoteada, tachada, silenciada: no parece que por prudencia, ni por vergüenza, sino por orgullo y por necesidad. En cambio, los libros merecen primerísimos planos de diva de Hollywood: 'A sangre fría', 'El retrato de Dorian Grey', 'El lugar sin límites'. O 'La escala de los mapas', que, más adelante, le regala a su abuelo cuando está a punto de apagarse, ahora Bob encarnando el consuelo a los pies de una cama de hospital.

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Dialogan dos líneas temporales: el Roberto niño recibe ataques en su regreso al colegio y el Bob en construcción es violado en un parque a punta de navaja. En esta serie, Bob parece llamar a su yo niño, a ese teléfono fijo de cable enroscado, para decirle a Roberto: “¿Sabes cuando mamá, para meterte el miedo en el cuerpo, te decía que no pasa nada, hasta que pasa? Pues, a su manera, tenía razón: no pasa nada, hasta que pasa, incluso pasa lo bueno, pero hasta lo malo pasa”.

Cuatro. Recuerdo ahora un cortometraje de Agnès Varda sobre una pareja que se despide en un puente. Cuando el amante se pone las gafas de sol, de cristales tintados y oscuros, la amante vestida de negro se tropieza, muere, da con sus huesos en un coche fúnebre. Cuando el amante se quita esas gafas negras, y vuelve a mirar, la amante, ahora de blanco, tropieza pero se levanta, casi la salva una ambulancia, pero no es necesaria: sonríe y al final los prometidos se besan. Las gafas de Bob Pop son doradas. Ni negras ni blancas. No es una metáfora, podéis verlas en fotos: su montura brilla con el color de medalla en el uno del podio y de hoja joven encendida por el sol y de traje de lamé de Elvis en regreso triunfal. Diferentes, especiales, extremadas, bonitas. Y su visión del mundo no es fatalista, pero sí cruda; no es herméticamente eufórica, sino cómicamente tierna y rica sin ostentación y rematadamente sabia, incluso magnánima, en la salud y en la enfermedad. Que siempre sean doradas. Y que podamos seguir viéndolas brillar. 'Stay gold, Bob, stay gold'.

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