Editorial

Gesto audaz que merece reciprocidad

Se ha dado un paso, una propuesta de desbloqueo, pero con costes notables. Se espera otro del independentismo, también realista y posibilista

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Pedro Sánchez, en su conferencia en el Liceu.

Pedro Sánchez, en su conferencia en el Liceu. / EFE

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, solemnizó ayer en el Liceu el gesto político de profundo calado que se plasmará hoy en el Consejo de Ministros, el indulto a nueve de los responsables –los que se quedaron para asumir las consecuencias de sus actos– del destrozo institucional y político que dejó a Catalunya en una vía sin salida en otoño del 2017. No se trata de una decisión fácil, pero sí imprescindible. No es la solución, pero si una condición necesaria para empezar a encontrarla. No supone aún una reconciliación, pero sí es la muestra de que existe la disposición a no quedarse varados en un enfrentamiento estéril e indefinido.

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El rechazo del independentismo más primitivo, que llega a ver en los beneficiarios de los indultos incluso a unos traidores –ayer testimonial en la calle aunque algunos lo sobredimensionaran–, podía darse por descontado. También es previsible el malestar irritado de aquellos que actúan desde el cálculo político más irresponsable que ve como único camino a la independencia hacer insoportable la convivencia, incluso al precio de la parálisis política y la ruina económica.  

Pero sí se espera del sector más racional y sensato del independentismo, cada día más mayoritario dentro del bloque, que aproveche la ocasión que tiene delante cuanto menos para hacer viable la gobernabilidad de Catalunya y España en un momento crítico. Nadie pide al independentismo que abandone su objetivo político –sí que asuma defenderlo dentro del marco legal acordado por todos– y es lógico que no considere que los indultos que aprueba este martes el Gobierno son una panacea o un episodio final del ‘procés’, porque no lo son.

Pero es evidente que se trata de un cambio de actitud significativo. Y que debería ser correspondido recíprocamente con un cambio de posturas igualmente significativo. En la práctica política del día a día pero también, y de eso aún parece que estemos lejos, en el discurso. Las declaraciones en las que dirigentes independentistas se vanaglorian de haber infligido una derrota a los aparatos del Estado (o sostienen que este está aceptando de forma preventiva su fracaso ante la justicia europea, que no tiene porqué seguir el rumbo marcado ayer por el Consejo de Europa) quizá tengan algún sentido para intentar congraciar a los más refractarios de los suyos. Sin embargo, si más que gestos de apaciguamiento para los más exaltados –a riesgo de dar armas a la porción de la opinión pública en España que solo se plantea la vía del escarmiento y ni por asomo la del diálogo–, realmente algunos dirigentes independentistas, también de Esquerra, creen sinceramente que, como dijeron ayer, no se trata más que de la «corrección de una sentencia injusta» sin ningún atisbo «ni de generosidad ni de reencuentro», eso sería preocupante.

Desde el Gobierno de coalición se han dado pasos, y de forma acelerada. También desde el otro lado de la mesa se debe acelerar. Y asumir que fue un error la vulneración de la Constitución y el Estatut. Ayer, en el Liceu, se dio un primer paso. Solo una propuesta de desbloqueo, aunque con costes notables. Se espera otra del independentismo, realista y posibilista como el gesto que ha supuesto el indulto. Reclamar la amnistía y un referéndum que pueda conducir a la independencia sin necesidad de que España modifique su marco constitucional no lo es. Ni será tampoco suficiente ninguna que no asuma que también debe empezar el diálogo interno en Catalunya, imposible con vetos y descalificaciones a la condición misma de demócratas de la mitad de los catalanes.