El desliz

Más perros que niños

Ha sido infinitamente más provechoso ser un propietario de mascota que progenitor de uno o varios humanos durante esta pandemia

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Más perros que niños

Hay en España 13 millones de mascotas, la mayoría perros, más que humanos menores de 15 años. Esta cifra, y la de natalicios que caen en picado, haría temblar a cualquier gobierno, salvo que el plan sea poner a trabajar a nuestros mejores amigos de cuatro patas para que paguen las pensiones del futuro. Un ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico en condiciones se pararía a pensar en el país que se nos está quedando, un desierto de amor, y en lugar de aconsejar a la ciudadanía planchar por las noches para ahorrar electricidad mandaría gratis unas velas con que iluminar una cena romántica, con final feliz para nuestras estadísticas de población. La mayoría de los animales de compañía, cuyo número ha crecido un 40 por ciento en los últimos cinco años, habita en ciudades y según los sociólogos, con su presencia se busca espantar la soledad, amén de otros beneficios como fomentar la actividad y la socialización. La presencia cada vez mayor de vecinos que visten a sus canes y los pasean en brazos y en cochecitos me lleva a pensar que tal vez los infantes están siendo directamente suplantados por criaturas que reciban más atención y susciten más respeto de nuestras autoridades. Ha sido mucho más fácil ser un perro que un niño durante esta pandemia, y ha sido infinitamente más provechoso ser un propietario de mascota que progenitor de uno o varios humanos durante esta pandemia. Paseos al aire libre durante el confinamiento vedados a los niños, los parques para mascotas se abrieron antes que los juegos infantiles y sus veterinarios no les han regateado la atención presencial. Los niños, que están acabando el curso como campeones, no suelen merecer alusión alguna de las autoridades sanitarias. Pese a contagiarse de covid casi nada y contagiar aún menos, se les somete a pruebas invasivas absurdas que los adultos (vacunados) ya no precisan para viajar. La parte de la cosa pública que a ellos más atañe, la enseñanza, no aparece resaltada en los planes de resiliencia y lluvias de millones europeos que se anuncian. Menudo mal negocio el de la descendencia.

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Sé de al menos dos familias que acaban de recibir la notificación de sendas multas de 600 euros a nombre de uno de sus hijos adolescentes. Los menores fueron denunciados hace un año, en la primera desescalada. Al menos uno por estar con dos amigos en la calle haciendo un poco ejercicio, cuando solo se podía practicar de forma individual. El otro, quién sabe, tal vez se había bajado la mascarilla por el calor. 600 euros a un crío es una pasta. Y un desatino, a día de hoy, cuando cientos de turistas se reúnen de noche en la playa para hacer botellones, y cuando ven a la policía se mueven cien metros para seguir bebiendo. Cuando cientos de treintañeros y cuarentañeros se apelotonan en las terrazas y montan juergas copa en mano al ritmo de los altavoces. Han tenido doce meses para coger esa multa de los chavales y tirarla a la papelera, como han hecho con la práctica totalidad de las denuncias que han tramitado los agentes de todos los cuerpos durante la crisis sanitaria, pero han preferido enviarla a los padres, como regalo de fin de la tercera ola, o la cuarta. No vayamos a preguntar cuántas sanciones a dueños de perros que no recogen sus excrementos o pasean sueltos se han tramitado, y su importe, para no profundizar aún más en el difícil reto demográfico.