Los indultos

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Manifestantes contra los indultos en la Plaza de Colón

Manifestantes contra los indultos en la Plaza de Colón / ACN

Hace tiempo se pusieron de moda las ilusiones ópticas: efectos alucinantes que boicoteaban la percepción y provocaban el asombro. Se veían líneas rectas que se torcían sin torcerse, espirales mareantes que estaban en realidad quietas e incluso relieves falsos que, sin embargo, parecían desbordar el papel. No mostraban imágenes del exterior, sino trampantojos de nuestra mente. Dejaban al aire la precariedad de los circuitos cerebrales, aficionados a generar atajos fáciles de trampear y ver cosas donde no las hay.

Los indultos tocan resortes parecidos. No es un detalle menor que se presenten en un escenario de ópera, donde hombres y mujeres talludos de increíble envergadura se convierten, cantando, en púberes amantes, desbordantes de juventud. Así, sacar a los políticos de la cárcel antes de que cumplan su condena es levantar a toda España una condena que la paraliza, porque el motivo de todos nuestros males fue la judicialización de la política. Esto implica dar por bueno un axioma inverso: que la política, por sí sola, hubiera logrado la paz social. No se me ocurre trampa más tramposa.

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A partir de 2012, pero en particular desde septiembre de 2017 y los meses siguientes, no fue otra cosa que la política “no judicializada” la que nos metió en el berenjenal. Que los líderes quieran salir de la cárcel es tan fácil de comprender como que los políticos, en general, prefieran vivir sin la amenaza de los jueces, incluso sin las molestias de la ley. Pero convertir a la ley o la justicia en la causa de todos los problemas es un efecto óptico burdo que supone indultar a los políticos de su propia responsabilidad, y de su pasado.

Pero, como en un espectáculo del Mag Lari, la ilusión es contagiosa. Así, hay gente que se ha tragado que no hubo diálogo porque carecíamos de elementos que lo hicieran posible. En esta línea se preguntaba en Twitter una politóloga si no sería buena idea la creación de una “mesa de diálogo” de todos los partidos representados en el Parlament, a lo que un sardónico Juan Arza respondía: “Magnífica idea. Podría llamarse Parlament”. Pues bien: no me parece un chascarrillo. Quizás se nos ha olvidado para qué sirven esas mesas de diálogo llamadas parlamentos. Será necesario constatar entonces que las líneas no están torcidas, que las espirales están quietas y que las escaleras tridimensionales de Escher no son más que dibujos en un papel.