Editorial

El círculo de la confianza

Entre perspectivas optimistas y llamamientos a sumar esfuerzos para la reconstrucción, algunos discursos políticos desafinan

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente del Cercle d’Economia, Javier Faus, se saludan este 18 de junio en Barcelona. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente del Cercle d’Economia, Javier Faus, se saludan este 18 de junio en Barcelona.  / EUROPA PRESS / DAVID ZORRAKINO

En su larga trayectoria, la reunión anual del Cercle d’Economia se ha consolidado como un raro punto de encuentro y diálogo franco entre las diferentes sensibilidades en el mundo empresarial, los agentes sociales y los actores políticos. Pero la renovada capacidad de convocatoria que ha demostrado en la edición de este año, superando un año de barbecho pandémico y unos cuantos más de extrema tensión política traducida en ausencias y desencuentros, tiene un mérito añadido. No ha retornado aún la normalidad institucional que debería llevar a que un encuentro con la presencia del jefe del Estado y el presidente de la Generalitat pudiera producirse en un contexto mucho menos forzado que el que llevó a coincidir brevemente a Felipe VI y Pere Aragonès. Pero sí se empieza a instalar un clima de distensión en el que empiezan a ser difícilmente imaginables los desplantes que, sin ir más lejos, se podrían haber dado por garantizados con algunas figuras políticas de un pasado próximo que mentalmente ya aparece lejano. El instrumento de los indultos, que hace posible ese deshielo, recibió por cierto un llamativamente elocuente respaldo por parte del empresariado.

Pero si en lo político quizá quepa hablar de una –bienvenida– relajación, es necesario recurrir a alguna expresión mucho más enfática en lo que respecta al estado de ánimo sobre las perspectivas de la economía española que se ha registrado en un encuentro que siempre ha sido un termómetro fiable en este aspecto. Optimismo sin duda, lejos del sombrío panorama en el que se debatió la cita –forzosamente en formato telemático– del año pasado. Quizá, incluso, euforia, cuando la presidenta del Santander, por ejemplo, vaticinaba un crecimiento para la economía española del 9% que la haría «salirse del mapa». O cuando la vicepresidenta Nadia Calviño recogía el guante y afirmaba que el Gobierno se plantea revisar al alza sus previsiones macroeconómicas «porque la recuperación está en marcha» y los datos de empleo dan pie a la esperanza.

Un clima de confianza en el que, de los pros y contras que pesan sobre el aval de la Comisión Europea al Plan de Recuperación que permitirá a España recibir 19.000 millones de euros en 2021, menos de los presupuestados por el Gobierno, se optaba por aplaudir sin ambigüedad el éxito que supone el desbloqueo de los 69.500 millones que deben servir para reconstruir la economía española de aquí al año 2026 y modernizar sectores enteros de su tejido económico. Previo cumplimiento, eso sí, de determinadas condiciones, como la reforma laboral, los cambios necesarios para garantizar la viabilidad del sistema de pensiones y un replanteamiento de la legislación contra la evasión y el fraude fiscal: los temas que han estado sobre la mesa estos días. 

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Entre compromisos del Gobierno, las empresas y los agentes sociales por hacer realidad esta reforma a fondo de la economía española y sumar esfuerzos desde el diálogo y la concertación de lo público y lo privado, la actitud de acoso y derribo por parte de las derechas españolas no pudo quedar –pese a lo moderado de las formas de la intervención del líder del PP, Pablo Casado– más en evidencia, como perteneciente a otra dimensión si no a una realidad alternativa. En los llamamientos a arrimar responsablemente el hombro aún se echa a falta la voz de la derecha política española, que no parece sintonizar la misma longitud de onda que el empresariado.