Editorial

El mejor aeropuerto posible

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La ampliación del aeropuerto de El Prat pone en peligro el estanque de la Ricarda. / FERRAN NADEU / VÍDEO: CARLOS MÁRQUEZ DANIEL

La primera reunión entre Aena y las administraciones catalanas concernidas por los proyectos de ampliación del aeropuerto de Barcelona-El Prat acabó con el Gobierno de la Generalitat alineado, junto a ayuntamientos como los de Gavà y Castelldefels, en el compromiso de no dificultar que se hagan realidad las inversiones para potenciar el complejo aeroportuario siempre que se den determinadas condiciones. En frente, los alcaldes de Barcelona y El Prat de Llobregat insisten en que, si no se demuestra lo contrario, la ampliación es inviable. Hasta el punto de insinuar, como hizo el alcalde de El Prat, que la UE nunca autorizará la ampliación, por motivos ambientales, y que todo se reduce a buscar un responsable para acabar decidiendo por concentrar toda la inversión en Barajas, convertido en hub único de conexiones internacionales. Algo que sería nefasto para la economía catalana pero que no parece que coincida con política que ha seguido la empresa responsable de gestionar los aeropuertos españoles desde que los planes ultracentralizadores de los gobiernos del PP dieron paso a la apuesta por el conjunto de la red aeroportuaria española, con Barcelona como segundo gran hub.

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El Govern de la Generalitat, en boca del vicepresidente Puigneró, garantizó su apoyo al proyecto con las debidas cautelas ambientales y una exigencia fundamental: la adecuada conexión con tren de alta velocidad de los tres aeropuertos catalanes, para hacer posible su funcionamiento de forma coordinada. Efectivamente, el adecuado enlace entre AVE y aeropuerto es clave para el futuro de El Prat. No solo por razones de equilibrio territorial sino aún más porque es la única manera de hacer compatible, sustituyendo los trayectos de corto recorrido por desplazamientos ferroviarios, el crecimiento de los enlaces intercontinentales necesarios para seguir atrayendo inversiones con una contención del tráfico global por exigencias medioambientales.     

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Más allá de las declaraciones de principios, de los llamamientos a decidir con premura, o de la puesta sobre la mesa de contrapartidas o insinuaciones sobre los verdaderos propósitos de cada cual, la reunión acabó emplazando a una segunda fase de conversaciones. Esta vez, en el seno de una comisión técnica en el que se debe sustanciar si es posible hacer compatibles tres criterios que es difícil que nadie puede cuestionar de forma sensata. Lograr que la capacidad del aeropuerto de Barcelona sea, en volumen y capacidad de conexión, la que se ajuste a las perspectivas económicas reales de la ciudad, lo que incluye indefectiblemente que sea capaz de operar más vuelos intercontinentales, y no se convierta en un freno; que encaje también con la evolución global del tráfico aéreo previsible en el futuro inmediato, evolución que en plena emergencia climática global es improbable que pueda seguir una senda de crecimiento ilimitado; y que el valor natural que suponen las áreas agrícolas y las zonas húmedas del Delta del Llobregat se conserve o incluso gane terreno. Es prematuro, sin haber agotado todas las posibilidades razonables para compatibilizar estas tres exigencias, sostener que la ampliación de las instalaciones aeroportuarias es inviable, o que el proyecto inicial planteado por Aena es el único posible, sin que quepan enmiendas. Queda aún mucho por evaluar y negociar, aunque no sobre el tiempo y resignarse a la parálisis y el estancamiento no sea una opción.