Apunte

Ayuso tira al monte

La presidenta madrileña, como Aznar, llevan años blandiendo la Constitución y exigiendo su acatamiento. Exhiben la fe de los conversos, pues tanto ella como Aznar no siempre fueron tan constitucionalistas

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Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso, en la concentración de Colón contra los indultos.

Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso, en la concentración de Colón contra los indultos. / Efe / David Fernández

La presidenta Ayuso emplazó al Rey a no ser cómplice de los indultos, de unos concretos indultos. Claro. No de todos, por supuesto. Pues su partido tiene el récord mundial de indultos en una democracia. Aznar firmó la friolera de 1.764 en un solo año. Otros tantos Su Majestad. Narcotraficantes, asesinos, torturadores, pederastas, violadores, secuestradores e incluso golpistas de pistola en mano y tanques en las calles se han beneficiado de esa medida de gracia que puede conceder el Gobierno de turno.

Precisamente Aznar se ha pronunciado estos días sobre tamaña fechoría. Según el hombre que más indultos ha concedido en la historia de España, sin cortarse un pelo, ahora sería una atrocidad conceder esos indultos a unas personas que llevan camino de cuatro años en la cárcel. España se rompe.

Pero Aznar ya no es nadie en el PP. Pues aunque el que tuvo, retuvo, lleva mal lo de no ejercer el poder y divinamente lo de forrarse, sin dar un palo al agua, a cuenta del recibo de la luz. En cambio, la presidenta Ayuso sí es alguien, una estrella ascendente, látigo del Gobierno de Sánchez y heroína de las libertades. Con su verbo facilón y su disposición a soltar la lengua sin mesura alguna, esta vez ha instado al Rey a no firmar los indultos de Junqueras y el resto de presos del 'procés'. 

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Ayuso le exige al Rey que se salte su papel constitucional. Le pide que haga caso omiso de sus competencias constitucionales que como es sabido no son ejecutivas sino representativas. Ayuso, como Aznar, como la mayoría de mandamases del PP, llevan años blandiendo la Constitución y exigiendo su acatamiento, dando lecciones de constitucionalidad por doquier. Exhiben, con lozana desenvoltura, la fe de los conversos, pues tanto ella como Aznar no siempre fueron tan constitucionalistas. Ni mucho menos por mucho que hayan hecho lo posible por borrar de sus currículos sus veniales pecados de juventud, cuando todo eso de la Constitución les parecía un atraso para el devenir de España. Pero al final, las esencias afloran. La cabra tira al monte.